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sábado, 19 de septiembre de 2015

Venezuela: ensayo de la cobardía, Antonio Sanchez García

Culmino la escritura de mi ensayo Anotaciones sobre Chávez, y al momento de entregar el manuscrito para su impresión un amigo me regala el recién publicado reportaje de Thays Peñalver La conspiración de los 12 golpes. Un trabajo verdaderamente prolijo, documentado y exhaustivo dedicado a deshilvanar la madeja del hilo rojo del golpismo militar en la Venezuela democrática con el fin de desentrañar causas y azares de una de las más insólitas y funambulescas farsas bélicas de la farsesca historia militar de la Venezuela republicana. 

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Una historia vergonzante que desvela la cobardía, corruptelas, traiciones y conspiraciones de un mundo militar que al promediar fines de 1992 había llegado, posiblemente, al mismo nivel de degradación y putrefacción que el de los ejércitos batistianos en vísperas del asalto al poder por Fidel Castro. Con una diferencia abisal: el sujeto que terminaría con las glorias y ganancias del escabeche era Hugo Chávez, uno de los hombres más cobardes, farsantescos y engañosos que haya vestido el uniforme verde olivo en la Venezuela de Punto Fijo. Lo cual tampoco quiere decir mucho, dado que esos atributos parecen haberse extendido en dichas fuerzas desde tiempos muy remotos. Y haber gangrenado asimismo al universo político por simple ósmosis, corrompido y desmoronado en paralelo.
Me parece adecuada, en primer lugar, la calificación de “políticos armados” con la que Thays Peñalver categoriza a comacates y generales, por lo menos desde los tiempos en que las fuerzas armadas venezolanas se asoman a la lucha contra la civilidad en busca de su propio protagonismo. Vale decir; desde el propio 23 de enero de 1958, cuando por el decurso de los tiempos se ven obligados a compartir el poder con los políticos desarmados. Un “baile pegao” que perfila las luces y las sombras de un contubernio arrastrado por las pistas de ese bonche que ha sido la historia de nuestra modernidad, desde la derrota del militarismo desarrollista y el triunfo del civilismo adeco-copeyano hasta desembocar en la victoria del militarismo y la derrota del civilismo. Vale decir: el nefasto 4 de febrero de 1992. Y la entronización del régimen oclocrático castrochavista con sus intentos demo totalitarios.
De esta apasionante narración no salen bien parados ni civiles ni militares y, lo que es infinitamente más grave, tampoco sale bien parada la democracia venezolana. Muchísimo menos sus administradores. Que comparten con los “políticos armados” la cobardía, la corrupción, la orfandad ética y moral y la inmensa pobreza de ideas e ideales. Acompañar la lectura de este fascinante aporte al conocimiento de nuestra identidad – o la falta de ella – con la lectura de las Memorias proscritas de Carlos Andrés Pérez según relación hecha a los periodistas Ramón Hernández y Roberto Giusti, contribuye a hacerse un cuadro de aproximativa veracidad a la naturaleza de nuestra esencia y descubrir las razones últimas de la verdadera cloaca en que se ha convertido un país que quiso ser grande y no pudo serlo. No por carencia de medios, que nuestra naturaleza ha sido agobiadoramente generosa, sino por la flojera de espíritu y la carencia de ambiciones de grandeza y tenacidad de sus naturales.
Un lector ajeno a nuestras tribulaciones podría no dejar de reír por la comedia, el disparate y los desatinos narrados en este extraordinario reportaje. Imposible la risa en quienes amamos a nuestra Patria porque en ella nacimos o la hemos hecho nuestra con el sudor de nuestra frente. Cargando un hándicap comparativo que dificulta sobrellevarlas: tomar nuestra pertenencia absolutamente en serio y pretender imponer en el ambiente de nuestra cotidianidad los principios éticos y morales, así como la seriedad de la conducta que nos fuera introyectada desde nuestra infancia.
He hecho de la historia, profesión de fe. Y confieso que en este medio siglo dedicada a ella no había encontrado un personaje tan funambulesco, disparatado, charlatán, mentiroso y esperpéntico, como el llanero Hugo Chávez. Capaz de haber devastado una suma cultural de, por lo menos, dos siglos de historia. Si se cuenta a partir del desbaratamiento de los otros tres siglos de cultura pisoteados y devastados por el delirio independentista. Pero no sólo es Chávez: es el pueblo que se arrojó en sus brazos ciego y sordo ante los males que anunciaba a voz en cuello. Su único compromiso cumplido: aniquilar Venezuela.
Quien terminó por usufructuar la farsa y enriquecer a su parentela, tan analfabeta y desfachatada como él, con billones de dólares, enriqueciendo de paso a sus compañeros de desastres, traicionando nuestra soberanía y alimentando la vagancia de la izquierda política del continente, para culminar su faena con la inmundicia en que hoy chapoteamos, merece el siguiente comentario de Thays Peñalver: “’la guerra de Hugo” – se refiere a la ominosa jornada vivida por el teniente coronel en el Museo Militar la madrugada del 4F – “es posiblemente uno de los episodios bélicos más cortos en la historia de la humanidad. Digo, claro está, porque se trataba de su propia ‘guerra’, ya que el resto de los alzados, es decir el 95% de lo que logró salir, continuaba disparando en sus puestos de combate sin siquiera concebir que el hombre” – que no había disparado un tiro y se había auto marginado de las acciones comprometidas – “negociaba la rendición de todos.”
Si la indignación con que sus compañeros de felonía reaccionaron a su descarada traición se hubiera impuesto sobre la hegemonía comunicacional del estulto golpismo nacional que lo elevara al estrellato de manera pérfida y escandalosa, Chávez hubiera terminado en el anonimato y posiblemente Venezuela no hubiera descendido a estos fétidos infiernos. Primó la estulticia.
He aquí el relato de los segundos que tardó “el Gran Comandante Eterno” en entregarse a las autoridades tras una brevísima conversación telefónica:
General Iván Darío Jiménez: coronel Yánez (Museo Militar) comuníqueme con el teniente coronel Chávez.”
Coronel Yánez: “Mi general, el teniente coronel Chávez dice que no tiene nada que hablar con Usted.”
General Iván Darío Jiménez: “Coronel Yánez, dígale al teniente coronel Chávez que tiene cinco minutos para rendirse, si no, los aviones atacarán el museo.”
No habían pasado dos minutos cuando se oyó la voz de Hugo que devolvía la llamada.
Teniente coronel Chávez: “Mi general, deseo hablar con Usted, porque eso no fue lo que hablé con mi general Ochoa.”
General Iván Darío Jiménez: “Teniente coronel Chávez, me importa un carajo lo que Ud. haya hablado con Ochoa. O usted se rinde o el museo será atacado.”
Teniente coronel Chávez: “Está bien, mi general. Me entrego.”
Esa fue la última vez que a Chávez se le habló como era debido: como a un milico felón traidor y cobarde. Pero para nuestra inmensa desgracia, esa noche se agotaron las testosteronas en la reserva estratégica de la política venezolana. Fue el comienzo de la pesadilla.
18 Septiembre, 2015


martes, 18 de agosto de 2015

Anotaciones sobre Chávez




Anotaciones sobre Chávez: primera parte


1


La absoluta orfandad de un proyecto estratégico para resolver la crisis orgánica que desangra a Venezuela y enfrentar el futuro, tanto del régimen en agonía como de la fracturada oposición a la deriva, induce a una serie de interrogantes, a cual más preocupantes. ¿Se ha autonomizado la dinámica del llamado proceso y sigue cuesta abajo sin aparentes frenos, remedios y/o alternativas? ¿Ha perdido racionalidad, si alguna vez la tuvo? ¿Se han desencajado los resortes que vinculaban a representantes y representados, dividiendo cauces entre partidos y dirigencias, por un lado, y sociedad civil y ciudadanía, por la otra? ¿Cuáles son los objetivos de las individualidades, grupos y partidos que manejan la cosa pública venezolana? ¿Cuáles sus diferencias antinómicas? ¿Es posible hacer política sin motivos, propósitos y objetivos comunes? ¿Quién o quiénes serán los sujetos protagónicos de la liberación? ¿Culmina la aventura ideológica, “narrativa” de Hugo Chávez en la devastación final de Venezuela?

Para emplear como interrogantes histórico trascendentales dos categorías básicas de uno de los grandes historiadores norteamericanos, John Lukacs, ¿cuáles son los motivos, cuáles los propósitos de los factores que controlan el gobierno, manejan la totalidad de las instituciones, disfrutan de la renta petrolera y debieran tener como primera misión evitar que el país estalle en pedazos? ¿O buscan, precisamente, que estalle en pedazos? ¿Cuáles los motivos y propósitos de quienes los adversan? ¿Esperar a que estalle? ¿Existen fuerzas sociales suficientemente auto conscientes como para impedir la devastación final de Venezuela, último recurso del castromadurismo? Si así fuera, ¿encuentran representación en algunos de los partidos existentes? Son preguntas que urgen por respuestas.

2


Los motivos de Hugo Chávez y todos cuantos lo siguieron en su aventura golpista estuvieron suficientemente claros desde que comenzara a montar su secta conspirativa entre sus compañeros de armas: asaltar el Poder. Poco importan las razones: ambicionó el poder total nada más tener mando sobre hombres armados y comprender que, disponiendo de las armas de la República, lograrlo era tan fácil como montar la conspiración, mover sus peones y caerle a saco a un establecimiento podrido en sus entrañas que parecía dispuesto a entregarse maniatado y con los ojos vendados a la visita del Mesías verde olivo.

Provisto, como todo los caudillos natos, de un olfato propio de hienas como para percibir la descomposición de sus potenciales víctimas. Comenzando por la descomposición de las propias fuerzas armadas, carentes de toda cohesión y verdadera disciplina interior, de toda grandeza institucional y de todo auténtico compromiso con el Estado de Derecho. Carentes incluso de los mecanismos de control interno como para conocer, impedir y proceder contra quienes amenazaran con romper sus obligaciones y sagrados compromisos constitucionales y atentar contra el Estado de Derecho.

Equilibrándose siempre entre el poder sociopolítico representativo y hegemónico del Estado – la civilidad - y sus propias ambiciones de poder. Una relación siempre frágil y precaria, resuelta circunstancialmente con dádivas y sinecuras para con la alta oficialidad de una institución fundamental para garantizar la estabilidad del sistema contra sus enemigos internos y el blindaje frente a las tentaciones territoriales de sus vecinos. Por lo menos en la letra constitucional. En la realidad, un nido de ambiciones espurias nunca domeñado del todo y siempre consentido con las sinecuras con que el establecimiento civil pretendía ganarse su adhesión.

Las fuerzas armadas han sido desde el 23 de enero de 1958 el convidado de piedra de la democracia. El golpe de Estado fue la sombra permanente que medió en las relaciones entre la civilidad política y el estamento uniformado desde la muerte de Gómez y la autonomización de los ejércitos. Se cuentan con los dedos de una mano los años absolutamente libres de tutelas, amenazas, pesados influjos o conspiraciones, desde el 18 de octubre de 1945. Esas fuerzas internas nunca conjuradas fueron acumulándose hasta explotar el 4F. Traicionando el esfuerzo bicentenario de la civilidad. Jamás plena, jamás en poder de la supremacía, jamás verdaderamente hegemónica. Fue la herencia de Bolívar: echar al mundo un país de soldados y montoneros. Fue la derrota del sueño de Miranda: un país de civiles. Sin bochinches.

3


De modo que Hugo Chávez actuó desde un comienzo sin mayores vacilaciones ni angustias: nada más recibir el espadín supo como en una revelación iniciática que ni su acción conspirativa ni los efectos de un eventual fracaso encontrarían sanción alguna. De hecho, aún filtrándose hasta las máximas autoridades de las fuerzas armadas y del alto gobierno el devaneo conspirativo de él y los suyos, fueron dejados en absoluta libertad de movimientos. Estuvo rodeado por la complicidad desde que se convirtió en un oficial de la República. Él y los suyos actuaron en la absoluta impunidad, a plena luz del día y con una decisión sólo limitada, a la hora de las definiciones propiamente militares, por su coraje o su cobardía. Primando la cobardía y contando con la complicidad de su institución y la de todos los otros componentes del Estado. El único imponderable: que a la hora del golpe prometido y encargado del asalto al Palacio de Gobierno, tarea de su única y exclusiva responsabilidad, una bala se atravesara en su camino. Como sucediera con Ezequiel Zamora, su inspirado modelo. Único temor del caudillo que ansía el poder total, según Carl Schmitt: el miedo al dolor y la muerte física.

Antes que consumar esa tarea y mientras los otros tres comandantes golpistas – los tenientes coroneles comandantes Francisco Arias Cárdenas, Yoel Acosta Chirinos y Jesús Urdaneta Hernández - las culminaban con éxito tomando el control de sus objetivos políticos y militares en Zulia, Aragua y Valencia, prefirió no correr el riesgo de una herida o la muerte esperando por el desenlace de los acontecimientos a suficiente distancia del centro de los acontecimientos: el Palacio de Miraflores. Se retiró al Museo Militar desde donde siguió la actuación de sus subordinados, que estuvieron a un tris de asesinar al presidente de la República. Y dio por cancelada la operación global asumiendo la responsabilidad por lo acontecido y postergando la definición estratégica “por ahora”. Si no era él el beneficiario del golpe, que no lo fuera nadie. Lo hizo una vez asegurado por el ministro de defensa, Fernando Ochoa Antich, que su vida estaba a salvo y no encontraría obstáculos en la prosecución de sus objetivos políticos.

Lejos de esperar un castigo y arriesgar su vida, sabía que los cadáveres y la destrucción que dejara en su camino, en lugar de encerrarlo de por vida y castigarlo eventualmente con la pena máxima prescrita a tal efecto, lo elevarían al estrellato de la popularidad de un país carente de sentido del orden y de justicia. Y le dejarían el Poder absoluto en bandeja de plata. Era como atracar a un inválido. Uno de sus compañeros de promoción, el comandante Luis Pineda Castellanos describiría el slalom del golpismo cuartelero de los futuros responsables del golpe con punzantes observaciones respecto del dudoso comportamiento que cabía esperar de las máximas autoridades castrenses ante la eventualidad de un golpe de Estado: Hugo Chávez “finalizaría su carrera como militar comandando el Batallón de Paracaidistas ‘Antonio Nicolás Briceño’ en el Cuartel Páez, gracias a la ayuda de Ochoa Antich, porque como habían sido descubiertos y sancionados mandándolos a sitios remotos, le asignaron un cargo administrativo y Ochoa lo hizo comandante de un batallón élite, al igual que a Urdaneta y a Ortiz Contreras. O sea: pongo las vainas en orden: Ochoa puso de comandantes de batallones élites, armados, a tres conspiradores… ¿Estaba o no en la jugada? ¿Creía que Hugo daría un golpe para que Ochoa se encaramara?”[1]

@sangarccs
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[1] Así paga el diablo, Berenice Gómez sobre confesiones del comandante Luis Pineda Castellanos. Versión de la web. Pág. 37.