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martes, 10 de noviembre de 2015

El espejo roto, Antonio Sánchez García

A José Rafael Herrera
En 2002 escribí Dictadura o democracia, Venezuela en la encrucijada. Tuve la soberbia presunción de que sería leído y tendría un mínimo efecto, por lo menos entre mis amigos políticos, con los cuales compartíamos preocupaciones en la Coordinadora Democrática.
Naturalmente me equivocaba: en Venezuela se lee, si es que se lee, pero no se reflexiona. El pensar no es uno de nuestros juegos preferidos. Uno de los ensayos que lo integraban se llamaba El espejo roto. Partía del supuesto que el golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 había roto el espejo en que se veían los venezolanos. Y que, por efecto de las múltiples refracciones despedidas por los trozos esparcidos por los suelos, ya nada se vería como hasta entonces. Y lo que era infinitamente más grave: ya nada sería como antes. Pues creía, y lo sigo creyendo, que el espejo – una metáfora de la conciencia nacional – era parte de la esencia de la venezolanidad. Roto, rota la conciencia, roto el espejo del sustrato nacional, se harían visibles las costras de las viejas heridas y volverían a sangrar las viejas llagas aún no cicatrizadas.
Por esos mismos días reparé en los gravísimos efectos, si no el más grave de todos ellos ante una conciencia fracturada: la pulsión suicida, auto mutiladora a la que induce en los pueblos aventureros, irresponsables, tribales, impulsivos y carentes de esencia decantada, como el nuestro. Lo expresó en un breve e inolvidable ensayo Mario Briceño Iragorry, escrito y publicado en el umbral que, emergiendo de siglo y medio de dictaduras – corría el año de 1950 – anunciaba la alborada de la democracia : el nuestro era un pueblo sin conciencia histórica, la nuestra era muchísimo peor que una crisis de gobierno. La nuestra era – y sigue siendo – una crisis de pueblo.
Desde la publicación de ese primer libro dedicado a Venezuela me ha asombrado la casi absoluta ausencia de reflexión ontológica que aqueja a la práctica intelectual en Venezuela: la interrogante crucial sobre nuestro Ser. La fractura de la conciencia histórica prolifera en escritos de supervivencia. Libros de entrevistas a personajes de la farándula, recuentos históricos que rozan el anecdotario, literatura varia de entretenimiento anclada en alguno de los pedazos del espejo roto. Sin que, en general – y el casi y en general los enuncio en resguardo de errores involuntarios – nuestros académicos se pregunten en sus aulas, los filósofos en sus cátedras, los intelectuales en sus ocupaciones, los escritores en sus escritos: ¿qué es Venezuela? ¿Qué la diferencia de sus vecinos? ¿Cuál ha sido su aporte a la cultura universal? ¿En que específica región de las angustias existenciales de la humanidad se inserta?
Sería injusto desconocer el diagnóstico aportado por algunos de nuestros pensadores y el acento con que han denunciado nuestros males: el militarismo, el caudillismo, el estatismo, el clientelismo, el populismo, el rentismo y la escasa laboriosidad de sus gentes, entre otros. Como sería injusto desconocer el brutal rechazo con que los sectores dominantes en las distintas esferas de la opinión pública reaccionan ante las críticas y reiteran los errores en que vienen incurriendo desde que le abrieran los portones del Poder a la barbarie castrense, auspiciando salidas que no dan a ninguna parte. Una ludopatía electoralista y una disposición a la connivencia que antes que definir los males prefiere rechazar los remedios. Y convivir con la tragedia.
En un artículo reciente recordaba lo que bien podríamos denominar la crisis de la metafísica en Alemania: la dialéctica histórica entre autenticidad e inautenticidad como conflicto ontológico. Si entendemos por metafísica la máxima interrogante del pensar: ¿qué somos? Puesto en el tapete del cuestionamiento el rol jugado por Heidegger en la legitimación del Tercer Reich. Cuestionamiento que en el ámbito de la práctica social y del quehacer intelectual derivaba en la pregunta sobre la dificultad de decir NO. En esencia, sobre el sentido filosófico, profundamente humano y existencial de la protesta. Nada nuevo en la cultura de Occidente, pues se asienta en Parménides y sus dos vías del conocimiento: la que lleva a la verdad, al SER, a la autenticidad, y la que lleva a la no verdad, al NO SER, a la inautenticidad.
Navegamos a la deriva. En la liviana creencia de que el problema existencial que nos afecta se resuelve con el sencillo acto de depositar una papeleta de votación. Para elegir más de lo mismo. Propongo escarbar en esas honduras. Pues tras del espejo roto no encontraremos a Alicia en el país de las maravillas, sino el dantesco infierno de nuestras dictaduras.

sábado, 26 de septiembre de 2015

El exitoso fracaso de Fidel Castro, Antonio Sanchez García

Resultado de imagen de fidel castro y el papaTras cincuenta y seis años de indómita tozudez, derrengado y arrastrando su senectud en medio de los vahos y sahumerios de un gran Gurú, Fidel Castro puede darse por más que satisfecho. Todos los presidentes que gobiernan en América Latina tienen su impronta, crecieron a su vera y le prodigan una veneración digna de un semi dios. Los más distantes, como Piñera o Santos, también han ejercitado la genuflexión ante la tiranía. El último papa de la cristiandad va a prodigarle su cuota de veneración – de papa a papa – y la simpatía que le profesa alcanza tales cotas que el hijo del Prometeo caribeño cuenta que parecían dos viejos amigos. No se hable de Barack Obama, que arrió la bandera tras medio siglo de esfuerzos por sacarlo del poder. 

Si mañana se lo llevara un soponcio digno de tiranos que desafiaron la eternidad podría exhalar su último suspiro con la inmensa satisfacción de los anhelos cumplidos. Sobrevivió a Mao, a Ho, a Sadam, a Gadaffi, al Che, a Cienfuegos, a Salvador Allende, a Hugo Chávez y a todos los jerarcas rusos posteriores a Stalin, por un lado; y a Eisenhower, a Kennedy, a Johnson, a Nixon, a Reagan, por el otro, así como a generaciones enteras de jóvenes latinoamericanos que ofrendaron sus vidas tras el sueño que alimentara desde La Habana. Gobernó más que todos los papas del siglo XX y sobrevivió a Juan Pablo II, a Juan Pablo I, a Pablo VI y a Juan XXIII. ¿Qué más pedir? ¿Vivir hasta cumplir el centenario?
¿Fracaso? Superó en vida a todos los tiranos del comunismo internacional, ninguno de los cuales dominó el poder por más de medio siglo. Y sólo en América Latina sobrevivió a todos los presidentes de las distintas repúblicas que ya fallecieron y fueran sus denodados enemigos mientras vivieron, de Rómulo Betancourt a Eduardo Frei Montalva y de los generales Jorge Rafael Videla a Augusto Pinochet. Hoy, en el colmo de la chochera pero inflado de halagos, asiste al despliegue del castrismo bajo sus distintas vertientes: desde sátrapas a su estricto servicio, como Maduro en Venezuela a peronistas conversos, como el matrimonio Kirchner o socialistas melancólicas como Michelle Bachelet, quien se esfuerza por regresar a los 70s. Tiempos que lo vieran azuzando a la guerra civil en el esperanzado Chile de la Unidad popular.
El proyecto más relevante y prioritario de los tiranos es tiranizar. Fracasan, cuando sus pueblos se les enfrentan, los empalan o los despellejan. Como sucediera con Gadaffi y Benito Mussolini. No cuando sus ensoñaciones programáticas se asfixian en sus propias estupideces. El socialismo castrista tuvo el mismo fin que todos los socialismos totalitarios: hundirse en el pantanal de su congénita impractibilidad. Pero ello no constituye un fracaso de los tiranos, sino de sus delirios.
De allí el profundo error en que incurren quienes cantan alabanzas por “el fracaso” de Fidel Castro. ¿Fracaso? Es el gobernante más longevo del planeta. Fracaso, el nuestro, incapaces de desalojar al sátrapa a su servicio. Es bueno tenerlo presente.

@sangarccs

Antonio Sánchez García

miércoles, 23 de septiembre de 2015

La misa de la hipocresía, Antonio Sánchez García

Resultado de imagen de antonio sanchez garciaLuego de leer las airadas protestas de Aleida Guevara, la hija del Che Guevara, contra el llamado del todopoderoso Partido Comunista de Cuba, de la que es una fiel y esforzada militante,instando a todos los miembros del partido a tomar parte en la multitudinaria misa papal celebrada ayer en la Plaza de la Revolución, queda meridianamente claro que la entusiasta asistencia, además de estar cuidadosamente seleccionada y formar parte de la nomenklatura y los cuadros del partido de Fidel y Raúl Castro, era todo menos feligresía piadosa y observante de la sufrida isla caribeña que asistiera espontánea y observante al llamado papal.

En otras palabras no era representación de los frágiles de Cuba – acorralados, expulsados, encarcelados o asesinados opositores a la tiranía - y sí caben dentro de la calificación de “servidores”, el otro concepto clave de la homilía papal, lo son del Estado cubano, y no de la sufrida humanidad a la que pretendía estar dirigiendo su mensaje Jorge Bergoglio. Servidores del Estado que tampoco sirven por puro amor cristiano, sino como una forma institucionalizada de servirse de la militancia para tomar parte del escuálido festín que les asegura su obsecuencia y ponerse de parte de la tiranía para no verse expuestos a la fragilidad del abuso cruel y prepotente contra los frágiles instaurado hace 56 años en la isla de los hermanos Castro.
 
Desde luego que Bergoglio, el cardenal, sabía perfectamente lo que el Papa Francisco se ve en la obligación de escamotear: que Fidel Castro es uno de los más cruentos e implacables tiranos de la historia latinoamericana. Y que lo ha hecho amparado en la ideología marxista, lo que tampoco puede ser escamoteado por Francisco. Y que reuniéndose con él no le extiende la mano al más frágil de los frágiles cristianos del mundo. Lo hace con un hombre que ha hecho escarnio de la fragilidad, a la que ha condenado con la sevicia y crueldad de una de las más longevas tiranía del mundo y que se ha servido, para su propio servicio, del servicio dictatorial. Y como una imagen vale más que mil palabras, la imagen que los retrata frente a frente deshace en cenizas las buenas intenciones papales a favor de los frágiles y los buenos servidores. Le sonríe a un tirano.
 
Aleida Guevara habla desde el sentido de responsabilidad histórica que le otorga la paternidad de la figura que, junto al comandante Cienfuegos – víctima de los misteriosos asesinatos que se le atribuyen al frágil y servicial Fidel Castro - veló desde una de las fachadas del Palacio de gobierno la farsa montada en la Plaza de la Revolución. A la hija del “guerrillero heroico” le pareció una hipocresía del Partido, es decir, del Estado, es decir, de Fidel y Raúl Castro mandar a misa a sus ateos militantes. Un juicio inapelable: sabe perfectamente que la misa, muy lejos de serlo, es tanto para los Castro como para el Vaticano y Washington una ostentosa obra de simulación. De la que esperan pasar el gato de la complicidad por la liebre de la reconciliación. Arte de la simulación de la que, bueno es recordarlo, son expertos tantos los Castro como los jesuitas de Bergoglio.
 
En un acto de inaceptable simulación, el papa Francisco cubrió bajo el manto genérico de los frágiles a los más frágiles: los presos políticos. Que enfrentados en solitario al poder omnipotente del Estado están expuestos a reducirse a lo que, en buen latín, se llama “la nuda vita”: la vida desnuda. Como lo fueran los gaseados de Auschwitz o, sin ir tan lejos en el tiempo y en el espacio, los presos políticos venezolanos condenados en un horroroso acto de injusticia a más de 13 años de cárcel por negarse a arrodillarse ante el sátrapa de la tiranía a la que ayer el Vaticano le ofreció una magnífica puesta en escena de su tradicional parafernalia especular. O los miles y miles de cubanos sacrificados en las mazmorras de “los servidores” o echados a los tiburones escapando tras la esperanza de la liberación.
 
Distensión: una mágica palabra. Reconciliación: un término teológico. ¿A qué precio las pronuncia Francisco? Al del ominoso silencio de los que sufren y la alabanza de los que oprimen. Debo confesar mi respeto al valor de la hija del Che: llamar hipócritas a Fidel y Raúl Castro sólo puede hacerlo la hija de quien prefirió inmolarse que ejercer la soberana y cruenta hipocresía del Poder.

@sangarccs 



sábado, 19 de septiembre de 2015

Venezuela: ensayo de la cobardía, Antonio Sanchez García

Culmino la escritura de mi ensayo Anotaciones sobre Chávez, y al momento de entregar el manuscrito para su impresión un amigo me regala el recién publicado reportaje de Thays Peñalver La conspiración de los 12 golpes. Un trabajo verdaderamente prolijo, documentado y exhaustivo dedicado a deshilvanar la madeja del hilo rojo del golpismo militar en la Venezuela democrática con el fin de desentrañar causas y azares de una de las más insólitas y funambulescas farsas bélicas de la farsesca historia militar de la Venezuela republicana. 

Resultado de imagen de antonio sanchez garcia
Una historia vergonzante que desvela la cobardía, corruptelas, traiciones y conspiraciones de un mundo militar que al promediar fines de 1992 había llegado, posiblemente, al mismo nivel de degradación y putrefacción que el de los ejércitos batistianos en vísperas del asalto al poder por Fidel Castro. Con una diferencia abisal: el sujeto que terminaría con las glorias y ganancias del escabeche era Hugo Chávez, uno de los hombres más cobardes, farsantescos y engañosos que haya vestido el uniforme verde olivo en la Venezuela de Punto Fijo. Lo cual tampoco quiere decir mucho, dado que esos atributos parecen haberse extendido en dichas fuerzas desde tiempos muy remotos. Y haber gangrenado asimismo al universo político por simple ósmosis, corrompido y desmoronado en paralelo.
Me parece adecuada, en primer lugar, la calificación de “políticos armados” con la que Thays Peñalver categoriza a comacates y generales, por lo menos desde los tiempos en que las fuerzas armadas venezolanas se asoman a la lucha contra la civilidad en busca de su propio protagonismo. Vale decir; desde el propio 23 de enero de 1958, cuando por el decurso de los tiempos se ven obligados a compartir el poder con los políticos desarmados. Un “baile pegao” que perfila las luces y las sombras de un contubernio arrastrado por las pistas de ese bonche que ha sido la historia de nuestra modernidad, desde la derrota del militarismo desarrollista y el triunfo del civilismo adeco-copeyano hasta desembocar en la victoria del militarismo y la derrota del civilismo. Vale decir: el nefasto 4 de febrero de 1992. Y la entronización del régimen oclocrático castrochavista con sus intentos demo totalitarios.
De esta apasionante narración no salen bien parados ni civiles ni militares y, lo que es infinitamente más grave, tampoco sale bien parada la democracia venezolana. Muchísimo menos sus administradores. Que comparten con los “políticos armados” la cobardía, la corrupción, la orfandad ética y moral y la inmensa pobreza de ideas e ideales. Acompañar la lectura de este fascinante aporte al conocimiento de nuestra identidad – o la falta de ella – con la lectura de las Memorias proscritas de Carlos Andrés Pérez según relación hecha a los periodistas Ramón Hernández y Roberto Giusti, contribuye a hacerse un cuadro de aproximativa veracidad a la naturaleza de nuestra esencia y descubrir las razones últimas de la verdadera cloaca en que se ha convertido un país que quiso ser grande y no pudo serlo. No por carencia de medios, que nuestra naturaleza ha sido agobiadoramente generosa, sino por la flojera de espíritu y la carencia de ambiciones de grandeza y tenacidad de sus naturales.
Un lector ajeno a nuestras tribulaciones podría no dejar de reír por la comedia, el disparate y los desatinos narrados en este extraordinario reportaje. Imposible la risa en quienes amamos a nuestra Patria porque en ella nacimos o la hemos hecho nuestra con el sudor de nuestra frente. Cargando un hándicap comparativo que dificulta sobrellevarlas: tomar nuestra pertenencia absolutamente en serio y pretender imponer en el ambiente de nuestra cotidianidad los principios éticos y morales, así como la seriedad de la conducta que nos fuera introyectada desde nuestra infancia.
He hecho de la historia, profesión de fe. Y confieso que en este medio siglo dedicada a ella no había encontrado un personaje tan funambulesco, disparatado, charlatán, mentiroso y esperpéntico, como el llanero Hugo Chávez. Capaz de haber devastado una suma cultural de, por lo menos, dos siglos de historia. Si se cuenta a partir del desbaratamiento de los otros tres siglos de cultura pisoteados y devastados por el delirio independentista. Pero no sólo es Chávez: es el pueblo que se arrojó en sus brazos ciego y sordo ante los males que anunciaba a voz en cuello. Su único compromiso cumplido: aniquilar Venezuela.
Quien terminó por usufructuar la farsa y enriquecer a su parentela, tan analfabeta y desfachatada como él, con billones de dólares, enriqueciendo de paso a sus compañeros de desastres, traicionando nuestra soberanía y alimentando la vagancia de la izquierda política del continente, para culminar su faena con la inmundicia en que hoy chapoteamos, merece el siguiente comentario de Thays Peñalver: “’la guerra de Hugo” – se refiere a la ominosa jornada vivida por el teniente coronel en el Museo Militar la madrugada del 4F – “es posiblemente uno de los episodios bélicos más cortos en la historia de la humanidad. Digo, claro está, porque se trataba de su propia ‘guerra’, ya que el resto de los alzados, es decir el 95% de lo que logró salir, continuaba disparando en sus puestos de combate sin siquiera concebir que el hombre” – que no había disparado un tiro y se había auto marginado de las acciones comprometidas – “negociaba la rendición de todos.”
Si la indignación con que sus compañeros de felonía reaccionaron a su descarada traición se hubiera impuesto sobre la hegemonía comunicacional del estulto golpismo nacional que lo elevara al estrellato de manera pérfida y escandalosa, Chávez hubiera terminado en el anonimato y posiblemente Venezuela no hubiera descendido a estos fétidos infiernos. Primó la estulticia.
He aquí el relato de los segundos que tardó “el Gran Comandante Eterno” en entregarse a las autoridades tras una brevísima conversación telefónica:
General Iván Darío Jiménez: coronel Yánez (Museo Militar) comuníqueme con el teniente coronel Chávez.”
Coronel Yánez: “Mi general, el teniente coronel Chávez dice que no tiene nada que hablar con Usted.”
General Iván Darío Jiménez: “Coronel Yánez, dígale al teniente coronel Chávez que tiene cinco minutos para rendirse, si no, los aviones atacarán el museo.”
No habían pasado dos minutos cuando se oyó la voz de Hugo que devolvía la llamada.
Teniente coronel Chávez: “Mi general, deseo hablar con Usted, porque eso no fue lo que hablé con mi general Ochoa.”
General Iván Darío Jiménez: “Teniente coronel Chávez, me importa un carajo lo que Ud. haya hablado con Ochoa. O usted se rinde o el museo será atacado.”
Teniente coronel Chávez: “Está bien, mi general. Me entrego.”
Esa fue la última vez que a Chávez se le habló como era debido: como a un milico felón traidor y cobarde. Pero para nuestra inmensa desgracia, esa noche se agotaron las testosteronas en la reserva estratégica de la política venezolana. Fue el comienzo de la pesadilla.
18 Septiembre, 2015


martes, 15 de septiembre de 2015

La porfía idiota


En 2002 escribí y publiqué un libro titulado Dictadura o democracia: Venezuela en la encrucijada. Aunque algunos importantes dirigentes opositores asistieron a su presentación, como Julio Borges, Alejandro Armas, Simón Alberto Consalvi, Pompeyo Márquez, Américo Martín y más de un tecnócrata electoral que hoy asiste a la MUD y a Henrique Capriles en sus edénicos convencimientos, su mensaje, suficientemente aclarado con el mismo título, no fue tomado en cuenta y todos se conformaron con la dedicatoria y un vaso de champaña. No lo leyó nadie ni tuvo el menor efecto en la conciencia política del país. La dolorosa realidad es que nadie quería enterarse del crimen que se estaba cocinando en nuestra casa. Aún hoy, tras 17 años de dictadura, hay sabihondos de izquierda que dicen que ésta sólo es una democracia “incompleta”.
Dos años después, sentado en la Comisión Política de la Coordinadora Democrática, debí soportar la protesta y el sarcasmo de quienes me creían un trastornado político por afirmar que Chávez era un dictador y un tirano en potencia y que ya nos hundíamos en el sargazo de la dictadura. “¿Cómo se te ocurre afirmar que ésta es una dictadura, si aquí estamos discutiendo libremente?” – recuerdo haberle oído a más de un compañero de bancada. La inmensa mayoría de los miembros de esa Comisión Política provenían del MAS, última vertiente del PCV, o de los distintos matices de la izquierda, de Bandera Roja a Causa R. Golpista de nacimiento aquel y de importante figuración en los prolegómenos del golpe de Estado del 4F los otros. Frente a los cuales, los pocos miembros que pensáramos como yo éramos una ridícula minoría “de derechas”.
Esos predicamentos conciliadores, miopes y carentes de toda visión estratégica – por no hablar de secreta complicidad con el régimen – permitieron la alcahuetería generalizada ante lo que uno de sus próceres, Teodoro Petkoff, quien jamás aceptaría que las victorias de Chávez eran fraudulentas en el sentido clásico del término, reconocería luego de los hechos, ante la aplastante evidencia de sus irregularidades de todo orden, como “un fraude continuado”. Digamos: un ultraje realizado con vaselina y en cámara lenta.
Ante la propuesta del joven Cipriano Heredia de apersonarnos ante los miembros de la Sala Electoral del TSJ que constituían nuestra última defensa ante las burdas maniobras implementadas por Jorge Rodríguez para postergar el evento, cambiarlo de naturaleza y hacernos correr durante largos doce meses como el burro detrás de la zanahoria del RR mientras los cubanos montaban las Misiones y otros sortilegios para cambiar la matriz negativa al caudillo, – misiones, firmas planas y papel sellado, entre otras insólitas maquinaciones ad hoc – para declararles nuestro respaldo y solidaridad, nadie dio su aprobación. Tampoco se hizo ningún comentario cuando esos magistrados salieron a patadas del TSJ.
Cuando esa madrugada sucedió lo que inevitablemente sucedería – un brutal fraude que trastocó un 60/40 a nuestro favor en un 60/40 a favor de Chávez, después de haber obtenido cientos de miles de votos por sobre el único voto que era necesario para sacar a Chávez del poder, como lo estipulaba la Constitución, ninguno de los “líderes” de la Coordinadora – de Enrique Mendoza a Julio Borges y Henry Ramos – aceptó denunciar el fraude, ni siquiera “el continuado”, ante la prensa internacional que esperaba ansiosa – ya amanecía mientras la ciudadanía era degollada – por la opinión de esta sedicente oposición. El ominoso pretexto de quienes fueran los máximos responsables de la contienda y su jefe y principal vocero, el por entonces gobernador de Miranda Enrique Mendoza: “faltaban las pruebas”. Y aunque suene asombroso: no las tenían.
Fue la primera violación en toda la línea, la brutal pérdida de la virginidad electoral de la frágil democracia venezolana, el primer ultraje en forma de una ciudadanía que llevaba cuarenta y seis años entregada al respeto y la pasión electorales. Al extremo de permitir que, respetando las elecciones, las últimas limpias, transparentes, verdaderamente respetuosas de la voluntad ciudadana, las del 6 de diciembre de 1998, el futuro verdugo de la democracia y el burlador electoral de la comarca, recibiera el Poder de manos de quien le perdonara cumplir la pesada pena por la felonía cometida. A pesar de tener las manos manchadas de sangre inocente lo soltó sin una miserable condena. Sin siquiera molestarse ante su desfachatez de calificarla de Moribunda, como se lo ordenara Fidel Castro. En las primeras filas del hemiciclo asistían al ultraje en grave y circunspecto silencio los hoy grandes próceres de la oposición, entonces altos dignatarios de ese silencioso, alcahuete y obsecuente parlamento.
Recuerdo la airada respuesta de un compañero de la Coordinadora ante mi pregunta por el qué hacer si nos trampeaban el RR. “Pues vamos a las próximas elecciones”, me respondió como si aceptar un fraude descomunal o una derrota estratégica fueran la cosa más natural del mundo. Como resonaría una década después en voz de uno de los próceres adecos: voto o balas. Y en eso nos la hemos pasado: de elección en elección. Según expertos de la Universidad Carlos III, de Madrid, desde entonces todas irregulares, todas comprobadamente fraudulentas. Y en el colmo de los colmos, el régimen expulsa hoy de su territorio fronterizo a quienes trajo irregular, fraudulenta, inconstitucionalmente a Venezuela, ceduló y nacionalizó por cientos de miles para abultar el REP y darles alguna credibilidad a las manipulaciones cibernéticas originadas en La Habana. Lo hace porque hasta esas mesnadas electoreras han visto el producto de su complicidad con la dictadura de Hugo Chávez, el padre de la monstruosa criatura: también ellos sufren hambre, desatención, asedios, colas, crímenes sin nombre ni medida.
Anoche recibimos el último escupitajo de esta justicia de la inmundicia, propia de una satrapía que perdió toda vergüenza y todo recato ante una oposición absolutamente acobardada, cataléptica y prisionera de su idiota tenacidad electorera: 13 años a un inocente, mientras los asesinos de 45 estudiantes siguen gozando de su libertad plena para seguir cometiendo sus fechorías. Si los actuales dirigentes de la oposición siguen poniendo la otra mejilla electorera a los crímenes impunes del régimen, los venezolanos de bien que sienten el dolor de Patria que a aquellos parece despreocuparles, debieran terminar por coger la otra vía: la de los hechos. Levantar un Frente de Salvación Nacional y darles a conocer al país y al mundo que Maduro debe renunciar, que su régimen putrefacto debe ser extirpado y que una Junta Patriótica debe asumir la responsabilidad por la salvación y la reconstrucción de la Patria.
No hay otro camino.




martes, 18 de agosto de 2015

Anotaciones sobre Chávez




Anotaciones sobre Chávez: primera parte


1


La absoluta orfandad de un proyecto estratégico para resolver la crisis orgánica que desangra a Venezuela y enfrentar el futuro, tanto del régimen en agonía como de la fracturada oposición a la deriva, induce a una serie de interrogantes, a cual más preocupantes. ¿Se ha autonomizado la dinámica del llamado proceso y sigue cuesta abajo sin aparentes frenos, remedios y/o alternativas? ¿Ha perdido racionalidad, si alguna vez la tuvo? ¿Se han desencajado los resortes que vinculaban a representantes y representados, dividiendo cauces entre partidos y dirigencias, por un lado, y sociedad civil y ciudadanía, por la otra? ¿Cuáles son los objetivos de las individualidades, grupos y partidos que manejan la cosa pública venezolana? ¿Cuáles sus diferencias antinómicas? ¿Es posible hacer política sin motivos, propósitos y objetivos comunes? ¿Quién o quiénes serán los sujetos protagónicos de la liberación? ¿Culmina la aventura ideológica, “narrativa” de Hugo Chávez en la devastación final de Venezuela?

Para emplear como interrogantes histórico trascendentales dos categorías básicas de uno de los grandes historiadores norteamericanos, John Lukacs, ¿cuáles son los motivos, cuáles los propósitos de los factores que controlan el gobierno, manejan la totalidad de las instituciones, disfrutan de la renta petrolera y debieran tener como primera misión evitar que el país estalle en pedazos? ¿O buscan, precisamente, que estalle en pedazos? ¿Cuáles los motivos y propósitos de quienes los adversan? ¿Esperar a que estalle? ¿Existen fuerzas sociales suficientemente auto conscientes como para impedir la devastación final de Venezuela, último recurso del castromadurismo? Si así fuera, ¿encuentran representación en algunos de los partidos existentes? Son preguntas que urgen por respuestas.

2


Los motivos de Hugo Chávez y todos cuantos lo siguieron en su aventura golpista estuvieron suficientemente claros desde que comenzara a montar su secta conspirativa entre sus compañeros de armas: asaltar el Poder. Poco importan las razones: ambicionó el poder total nada más tener mando sobre hombres armados y comprender que, disponiendo de las armas de la República, lograrlo era tan fácil como montar la conspiración, mover sus peones y caerle a saco a un establecimiento podrido en sus entrañas que parecía dispuesto a entregarse maniatado y con los ojos vendados a la visita del Mesías verde olivo.

Provisto, como todo los caudillos natos, de un olfato propio de hienas como para percibir la descomposición de sus potenciales víctimas. Comenzando por la descomposición de las propias fuerzas armadas, carentes de toda cohesión y verdadera disciplina interior, de toda grandeza institucional y de todo auténtico compromiso con el Estado de Derecho. Carentes incluso de los mecanismos de control interno como para conocer, impedir y proceder contra quienes amenazaran con romper sus obligaciones y sagrados compromisos constitucionales y atentar contra el Estado de Derecho.

Equilibrándose siempre entre el poder sociopolítico representativo y hegemónico del Estado – la civilidad - y sus propias ambiciones de poder. Una relación siempre frágil y precaria, resuelta circunstancialmente con dádivas y sinecuras para con la alta oficialidad de una institución fundamental para garantizar la estabilidad del sistema contra sus enemigos internos y el blindaje frente a las tentaciones territoriales de sus vecinos. Por lo menos en la letra constitucional. En la realidad, un nido de ambiciones espurias nunca domeñado del todo y siempre consentido con las sinecuras con que el establecimiento civil pretendía ganarse su adhesión.

Las fuerzas armadas han sido desde el 23 de enero de 1958 el convidado de piedra de la democracia. El golpe de Estado fue la sombra permanente que medió en las relaciones entre la civilidad política y el estamento uniformado desde la muerte de Gómez y la autonomización de los ejércitos. Se cuentan con los dedos de una mano los años absolutamente libres de tutelas, amenazas, pesados influjos o conspiraciones, desde el 18 de octubre de 1945. Esas fuerzas internas nunca conjuradas fueron acumulándose hasta explotar el 4F. Traicionando el esfuerzo bicentenario de la civilidad. Jamás plena, jamás en poder de la supremacía, jamás verdaderamente hegemónica. Fue la herencia de Bolívar: echar al mundo un país de soldados y montoneros. Fue la derrota del sueño de Miranda: un país de civiles. Sin bochinches.

3


De modo que Hugo Chávez actuó desde un comienzo sin mayores vacilaciones ni angustias: nada más recibir el espadín supo como en una revelación iniciática que ni su acción conspirativa ni los efectos de un eventual fracaso encontrarían sanción alguna. De hecho, aún filtrándose hasta las máximas autoridades de las fuerzas armadas y del alto gobierno el devaneo conspirativo de él y los suyos, fueron dejados en absoluta libertad de movimientos. Estuvo rodeado por la complicidad desde que se convirtió en un oficial de la República. Él y los suyos actuaron en la absoluta impunidad, a plena luz del día y con una decisión sólo limitada, a la hora de las definiciones propiamente militares, por su coraje o su cobardía. Primando la cobardía y contando con la complicidad de su institución y la de todos los otros componentes del Estado. El único imponderable: que a la hora del golpe prometido y encargado del asalto al Palacio de Gobierno, tarea de su única y exclusiva responsabilidad, una bala se atravesara en su camino. Como sucediera con Ezequiel Zamora, su inspirado modelo. Único temor del caudillo que ansía el poder total, según Carl Schmitt: el miedo al dolor y la muerte física.

Antes que consumar esa tarea y mientras los otros tres comandantes golpistas – los tenientes coroneles comandantes Francisco Arias Cárdenas, Yoel Acosta Chirinos y Jesús Urdaneta Hernández - las culminaban con éxito tomando el control de sus objetivos políticos y militares en Zulia, Aragua y Valencia, prefirió no correr el riesgo de una herida o la muerte esperando por el desenlace de los acontecimientos a suficiente distancia del centro de los acontecimientos: el Palacio de Miraflores. Se retiró al Museo Militar desde donde siguió la actuación de sus subordinados, que estuvieron a un tris de asesinar al presidente de la República. Y dio por cancelada la operación global asumiendo la responsabilidad por lo acontecido y postergando la definición estratégica “por ahora”. Si no era él el beneficiario del golpe, que no lo fuera nadie. Lo hizo una vez asegurado por el ministro de defensa, Fernando Ochoa Antich, que su vida estaba a salvo y no encontraría obstáculos en la prosecución de sus objetivos políticos.

Lejos de esperar un castigo y arriesgar su vida, sabía que los cadáveres y la destrucción que dejara en su camino, en lugar de encerrarlo de por vida y castigarlo eventualmente con la pena máxima prescrita a tal efecto, lo elevarían al estrellato de la popularidad de un país carente de sentido del orden y de justicia. Y le dejarían el Poder absoluto en bandeja de plata. Era como atracar a un inválido. Uno de sus compañeros de promoción, el comandante Luis Pineda Castellanos describiría el slalom del golpismo cuartelero de los futuros responsables del golpe con punzantes observaciones respecto del dudoso comportamiento que cabía esperar de las máximas autoridades castrenses ante la eventualidad de un golpe de Estado: Hugo Chávez “finalizaría su carrera como militar comandando el Batallón de Paracaidistas ‘Antonio Nicolás Briceño’ en el Cuartel Páez, gracias a la ayuda de Ochoa Antich, porque como habían sido descubiertos y sancionados mandándolos a sitios remotos, le asignaron un cargo administrativo y Ochoa lo hizo comandante de un batallón élite, al igual que a Urdaneta y a Ortiz Contreras. O sea: pongo las vainas en orden: Ochoa puso de comandantes de batallones élites, armados, a tres conspiradores… ¿Estaba o no en la jugada? ¿Creía que Hugo daría un golpe para que Ochoa se encaramara?”[1]

@sangarccs
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[1] Así paga el diablo, Berenice Gómez sobre confesiones del comandante Luis Pineda Castellanos. Versión de la web. Pág. 37. 


viernes, 14 de agosto de 2015

La última orden: arrasar con todo Antonio Sánchez García

Resultado de imagen de Antonio Sánchez García Suena a locura inimaginable, apocalíptica, como de ciencia ficción, pero sucedió. Las dos ideas fijas de Adolfo Hitler fueron suicidarse si no ganaba la Segunda Guerra Mundial, su guerra – lo hizo cuando la vio perdida – y ordenar que sus ejércitos arrasaran con Alemania, su Alemania. Fue su último decreto antes de volarse la cabeza.

No fueron ideas brotadas del hundimiento del Tercer Reich. Con el suicidio ya había amenazado inmediatamente después de fracasar con el Putsch de la cervecería de Múnich en noviembre de 1923. Su amenaza de arrasar con los alemanes si no estaban a la altura de sus delirios la confesó sin inmutarse en una conversación con dos cancilleres de países amigos en 1940. Ese camino hacia el holocausto, su propia destrucción y la de Alemania lo inició sin que le temblara el pulso al comprobar que no conquistaría Rusia declarándole la guerra a los Estados Unidos. Algo incomprensible – librar una guerra imposible en dos frentes – sin considerar sus impulsos tanáticos, suicidas, auto destructivos.

No lo cuento por azar. Lo cuento como antecedente de los delirios de Fidel Castro, de cuyas consecuencias somos víctimas todos nosotros, los venezolanos. Fiel y consecuente discípulo de Hitler, Castro amenazó con hundir su isla y llevarse consigo a los Estados Unidos al infierno si le obstruían su camino a la gloria, para lo cual convenció a los soviéticos de proveerlo de misiles provistos de ojivas nucleares. Y si no hubieran mediado Kennedy y Kruschev, en 1962 hubiéramos vivido el aterradorblow up del hongo nuclear sobre el Caribe.

Asombra la cortedad de juicio de quienes, teniendo en sus manos el manejo de esta gravísima crisis de parte opositora, se niegan a comprender que Maduro, Cabello, El Aissami y los talibanes que los secundan no tienen otro proyecto estratégico que arrasar con Venezuela. La idea fija de Fidel Castro desde que Betancourt le diera con un portazo en las narices y sus mejores comandantes salieran con la cola entre las piernas aventados de territorio nacional por soldados patriotas, de esos que desaparecieron de nuestros ejércitos en el turbión del caracazo y la crisis política de los años noventa.

Sólo un necio puede negarse a comprender que la revolución se murió, si es que no nació muerta. Que Chávez se ofrendó en el altar del castrismo, al que le entregara su vida y le traspasara nuestra soberanía. Que el único motor que le ha dado vida a esta cruel insensatez ha sido la renta petrolera, y que esa renta ya no alcanza ni siquiera para alimentar a un pueblo desesperado y fracturado por una crisis congénita. Que lo que había que robar, se lo robaron. Y que puesto que no hay futuro, la única política visible es la hitleriana: arrasar con todo. No dejarle a la inevitable democracia ni los rastrojos. Y cuando huyan ante la furia del despertar, querrán cumplir la última orden de Fidel: arrasar con todo.

Todo lo que contribuya a mantener en pie la ficción sirve objetivamente a la devastación de Venezuela. A estas alturas el problema no es impedir que terminen por devastarla. Es hacerles pagar el crimen de haberla devastado. Temo que ninguno de los administradores de la llamada oposición lo entienda. Temo incluso que más de uno sea cómplice de la devastación. No sé quién es más criminal: si quien devastó a nuestra república o quienes se negaron y aún se niegan, ya próximos a la hora final, a impedirlo.

@sangarccs 



domingo, 2 de agosto de 2015

Orwell y la traición de los intelectuales, Antonio Sánchez García

 

     2 Agosto, 2015








Todos quienes hayan leído esa extraordinaria novela de George Orwell tituladaRebelión en la granja, escrita en 1944, en plena Segunda Guerra Mundial y publicada ya lograda la victoria aliada sobre el nazismo hitleriano, en 1945, saben que los cerdos que administran la granja imaginaria de Orwell son la metáfora con la que el extraordinario periodista y escritor inglés representó a los bolcheviques y que el centro de la amarga y cruenta ironía orwelliana era Stalin, el tirano. Y la granja, no sólo la Unión Soviética, sino el comunismo en donde quiera se impusiera. Necesaria, intrínseca, esencialmente totalitario.
Lo que posiblemente no sepan es que el manuscrito fue rechazado por cuatro editores, incluido aquel que tenía firmado un contrato legal con Orwell. Que la obra había despertado el escándalo, si no la indignación, de autoridades de gobierno. Y que a la élite intelectual y académica inglesa le parecía no sólo errado publicarlo, sino contraproducente. Ya por entonces, el nazismo podía ser descuartizado por la intelligentsia occidental, los propios gobiernos verse sometidos a la más implacable crítica por parte de sus periodistas, columnistas y académicos de izquierda, pero levantarle la voz al comunismo soviético una falta de respeto, una impertinencia y una ofensa al consagrado liderazgo de los desposeídos de la tierra.
“En este país” – Inglaterra -, “la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de hacer frente periodistas y escritores en general”, escribió Orwell en un prólogo titulado Libertad de Expresión, que fuera omitido de sus ediciones originales hasta ser descubierto tras la muerte del genial escritor inglés. Para agregar un comentario que bien serviría de piedra de toque para enjuiciar la autocensura con que la opinión pública latinoamericana se ha cebado en destrozar a sus propios gobiernos y gobernantes, mientras sus periodistas, académicos, artistas y políticos ensalzaban de manera escandalosa a la tiranía cubana: “Y así vemos, paradójicamente, que no se permite criticar al gobierno soviético, mientras se es libre de hacerlo con el nuestro”. ¿No es como para recordar la babosería universal con que casi un millar de intelectuales y seudo intelectuales – de extrema derecha a extrema izquierda – se babearon a los pies de Fidel Castro mientras afilaban sus puñales para descuartizar a Carlos Andrés Pérez y nuestras instituciones?
“El servilismo con el que la mayor parte de la intelligentsia británica se ha tragado y repetido los tópicos de la propaganda rusa desde 1941 sería sorprendente, si no fuera porque el hecho no es nuevo y ha ocurrido ya en otras ocasiones. Publicación tras publicación, sin controversia alguna, se han ido aceptando y divulgando los puntos de vista soviéticos con un desprecio absoluto hacia la verdad histórica y hacia la seriedad intelectual.”
Luego de enumerar casos de aviesa cobardía, complicidad y alcahuetería hacia las posturas soviéticas – desde acallar la importancia histórica y el asesinato de Trotsky hasta hacer desaparecer del mapa a los luchadores antifascistas en países ocupados por los nazi que no pertenecieran al bando stalinista – Orwell encara la raíz del problema: “lo que sí es inquietante es que, dondequiera que influya la URSS con sus especiales maneras de actuar, sea imposible esperar cualquier forma de crítica inteligente ni honesta por parte de escritores de signo liberal inmunes a todo tipo de presión directa que pudiera hacerles falsear sus opiniones. Stalin es sacrosanto y muchos aspectos de su política están por encima de toda discusión.”
Debemos hacer notar que esa verdad histórica despreciada por la intelligentsia liberal británica – no se hable de la francesa, abierta e indecorosamente postrada ente el comunismo soviético, de Sartre a Picasso, santificados con los vapores de etílica poesía del vate chileno Pablo Neruda – silenciaba horrores inconcebibles, como las hambrunas, los asesinatos masivos, los incontables campos de concentración, los juicios del horror recién destapados más de una década después de escrita la Rebelión en la granja cuando su ejecutor directo estaba momificado y encerrado para una supuesta eternidad dentro de una urna de cristal en la Plaza de la Revolución moscovita.
Quienes asistimos al ominoso cortejo con que las más impolutas conciencias de la Venezuela todavía democrática, e incluso anti militarista, se arrojaran a comienzos del gobierno de Carlos Andrés Pérez a los pies de un tirano que ya llevaba treinta años oprimiendo a su pueblo y expandiendo su venenoso mensaje antidemocrático y anti liberal en nuestro continente, y quienes aún hoy, veinticinco años después, vemos a los líderes del Foro de Sao Paulo que controlan los gobiernos de nuestra región e incluso a prohombres del liberalismo de derechas visitando La Habana para rendirle pleitesía a un anciano ensangrentado, no podemos menos que asombrarnos frente a la disposición al servilismo y la esclavitud de la conciencia ante el totalitarismo comunista.
Setenta años después de haber sido publicada, Rebelión en la granja y su conmovedor prólogo autocensurado es tanto o más vigente que entonces. Y para quienes tenemos una responsabilidad intelectual ante los destinos de nuestros pueblos, su palabra conminatoria es ineludible: “La libertad significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír.”

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