martes, 15 de septiembre de 2015

La porfía idiota


En 2002 escribí y publiqué un libro titulado Dictadura o democracia: Venezuela en la encrucijada. Aunque algunos importantes dirigentes opositores asistieron a su presentación, como Julio Borges, Alejandro Armas, Simón Alberto Consalvi, Pompeyo Márquez, Américo Martín y más de un tecnócrata electoral que hoy asiste a la MUD y a Henrique Capriles en sus edénicos convencimientos, su mensaje, suficientemente aclarado con el mismo título, no fue tomado en cuenta y todos se conformaron con la dedicatoria y un vaso de champaña. No lo leyó nadie ni tuvo el menor efecto en la conciencia política del país. La dolorosa realidad es que nadie quería enterarse del crimen que se estaba cocinando en nuestra casa. Aún hoy, tras 17 años de dictadura, hay sabihondos de izquierda que dicen que ésta sólo es una democracia “incompleta”.
Dos años después, sentado en la Comisión Política de la Coordinadora Democrática, debí soportar la protesta y el sarcasmo de quienes me creían un trastornado político por afirmar que Chávez era un dictador y un tirano en potencia y que ya nos hundíamos en el sargazo de la dictadura. “¿Cómo se te ocurre afirmar que ésta es una dictadura, si aquí estamos discutiendo libremente?” – recuerdo haberle oído a más de un compañero de bancada. La inmensa mayoría de los miembros de esa Comisión Política provenían del MAS, última vertiente del PCV, o de los distintos matices de la izquierda, de Bandera Roja a Causa R. Golpista de nacimiento aquel y de importante figuración en los prolegómenos del golpe de Estado del 4F los otros. Frente a los cuales, los pocos miembros que pensáramos como yo éramos una ridícula minoría “de derechas”.
Esos predicamentos conciliadores, miopes y carentes de toda visión estratégica – por no hablar de secreta complicidad con el régimen – permitieron la alcahuetería generalizada ante lo que uno de sus próceres, Teodoro Petkoff, quien jamás aceptaría que las victorias de Chávez eran fraudulentas en el sentido clásico del término, reconocería luego de los hechos, ante la aplastante evidencia de sus irregularidades de todo orden, como “un fraude continuado”. Digamos: un ultraje realizado con vaselina y en cámara lenta.
Ante la propuesta del joven Cipriano Heredia de apersonarnos ante los miembros de la Sala Electoral del TSJ que constituían nuestra última defensa ante las burdas maniobras implementadas por Jorge Rodríguez para postergar el evento, cambiarlo de naturaleza y hacernos correr durante largos doce meses como el burro detrás de la zanahoria del RR mientras los cubanos montaban las Misiones y otros sortilegios para cambiar la matriz negativa al caudillo, – misiones, firmas planas y papel sellado, entre otras insólitas maquinaciones ad hoc – para declararles nuestro respaldo y solidaridad, nadie dio su aprobación. Tampoco se hizo ningún comentario cuando esos magistrados salieron a patadas del TSJ.
Cuando esa madrugada sucedió lo que inevitablemente sucedería – un brutal fraude que trastocó un 60/40 a nuestro favor en un 60/40 a favor de Chávez, después de haber obtenido cientos de miles de votos por sobre el único voto que era necesario para sacar a Chávez del poder, como lo estipulaba la Constitución, ninguno de los “líderes” de la Coordinadora – de Enrique Mendoza a Julio Borges y Henry Ramos – aceptó denunciar el fraude, ni siquiera “el continuado”, ante la prensa internacional que esperaba ansiosa – ya amanecía mientras la ciudadanía era degollada – por la opinión de esta sedicente oposición. El ominoso pretexto de quienes fueran los máximos responsables de la contienda y su jefe y principal vocero, el por entonces gobernador de Miranda Enrique Mendoza: “faltaban las pruebas”. Y aunque suene asombroso: no las tenían.
Fue la primera violación en toda la línea, la brutal pérdida de la virginidad electoral de la frágil democracia venezolana, el primer ultraje en forma de una ciudadanía que llevaba cuarenta y seis años entregada al respeto y la pasión electorales. Al extremo de permitir que, respetando las elecciones, las últimas limpias, transparentes, verdaderamente respetuosas de la voluntad ciudadana, las del 6 de diciembre de 1998, el futuro verdugo de la democracia y el burlador electoral de la comarca, recibiera el Poder de manos de quien le perdonara cumplir la pesada pena por la felonía cometida. A pesar de tener las manos manchadas de sangre inocente lo soltó sin una miserable condena. Sin siquiera molestarse ante su desfachatez de calificarla de Moribunda, como se lo ordenara Fidel Castro. En las primeras filas del hemiciclo asistían al ultraje en grave y circunspecto silencio los hoy grandes próceres de la oposición, entonces altos dignatarios de ese silencioso, alcahuete y obsecuente parlamento.
Recuerdo la airada respuesta de un compañero de la Coordinadora ante mi pregunta por el qué hacer si nos trampeaban el RR. “Pues vamos a las próximas elecciones”, me respondió como si aceptar un fraude descomunal o una derrota estratégica fueran la cosa más natural del mundo. Como resonaría una década después en voz de uno de los próceres adecos: voto o balas. Y en eso nos la hemos pasado: de elección en elección. Según expertos de la Universidad Carlos III, de Madrid, desde entonces todas irregulares, todas comprobadamente fraudulentas. Y en el colmo de los colmos, el régimen expulsa hoy de su territorio fronterizo a quienes trajo irregular, fraudulenta, inconstitucionalmente a Venezuela, ceduló y nacionalizó por cientos de miles para abultar el REP y darles alguna credibilidad a las manipulaciones cibernéticas originadas en La Habana. Lo hace porque hasta esas mesnadas electoreras han visto el producto de su complicidad con la dictadura de Hugo Chávez, el padre de la monstruosa criatura: también ellos sufren hambre, desatención, asedios, colas, crímenes sin nombre ni medida.
Anoche recibimos el último escupitajo de esta justicia de la inmundicia, propia de una satrapía que perdió toda vergüenza y todo recato ante una oposición absolutamente acobardada, cataléptica y prisionera de su idiota tenacidad electorera: 13 años a un inocente, mientras los asesinos de 45 estudiantes siguen gozando de su libertad plena para seguir cometiendo sus fechorías. Si los actuales dirigentes de la oposición siguen poniendo la otra mejilla electorera a los crímenes impunes del régimen, los venezolanos de bien que sienten el dolor de Patria que a aquellos parece despreocuparles, debieran terminar por coger la otra vía: la de los hechos. Levantar un Frente de Salvación Nacional y darles a conocer al país y al mundo que Maduro debe renunciar, que su régimen putrefacto debe ser extirpado y que una Junta Patriótica debe asumir la responsabilidad por la salvación y la reconstrucción de la Patria.
No hay otro camino.




Venezuela: ¡Culpable! Por Luis Manuel Aguana





Resultado de imagen de Luis Manuel AguanaTal vez todos los venezolanos hayamos albergado en lo más íntimo la esperanza de un veredicto favorable a Leopoldo López. Quizá por aquello del análisis según el cual al régimen “no le convenía” tener a ese preso mas tiempo. Sin embargo fue una vana ilusión. El régimen actuó de nuevo en forma predecible.



Pero hagan un poco de memoria. ¿Quién iba a ser el culpable de los crímenes de Puente Llaguno el 11 de Abril de 2002? Todos los venezolanos vimos por televisión en vivo y en directo los disparos que hacían las bandas armadas del régimen hacia una multitud indefensa. ¿Y quienes terminaron resultando los culpables? Los jefes de la policía que precisamente la protegían, los Comisarios Vivas y Simonovis, así como el resto de los policías metropolitanos que los acompañaron. El régimen ya tenía sus culpables del lado opositor para una masacre provocada por su gente. Jamás habría posibilidad alguna de un juicio justo para ellos porque ya habían sido condenados.



Lo mismo sucedió con Leopoldo López. ¿Quién iba a ser el culpable de las muertes provocadas por el régimen durante las protestas que siguieron al Día de la Juventud de  2014? Los 43 muertos no tienen a otro responsable que el mismo régimen porque todos lo vimos igual que el 2002. Pero el régimen encontró al culpable perfecto, el discurso “incendiario” de Leopoldo que hizo que la gente saliera a la calle a protestar, y al ser masacrados de la misma manera que el 2002 por gente del gobierno, uniformada o no, esto lo convirtió en el “culpable” de esa tragedia.



“No tiene la culpa la estaca si el sapo salta y se mata” dice el refrán popular aplicado por el régimen. De acuerdo a esta lógica perversa los regímenes autoritarios “no son culpables” que las poblaciones protesten por sus desmanes y arbitrariedades sino quienes las iniciaron, y el régimen y sus seguidores, en consecuencia, tendrán licencia para matar a los ciudadanos durante las manifestaciones que realicen, sin ninguna responsabilidad.



Con esta “lógica” asesina se ha movido el régimen chavista-madurista en los juicios que han iniciado a todos los presos políticos. Entonces Leopoldo ya era culpable antes del juicio, por lo que era inútil esperar otra sentencia que la injusticia que presenciamos los venezolanos el jueves 10 de septiembre de 2015.



Entonces no hay nada nuevo bajo el sol y eso era lo esperable, como la sentencia del régimen. Y esto no es más nada que el mundo al revés. Me da la impresión que todos estamos al revés. La población en su conjunto no acaba de asimilar las implicaciones de lo que nos está sucediendo. Hablan de la boca para afuera de que estamos en una dictadura y todo el país se detiene a esperar una sentencia a Leopoldo distinta a la que dio la dictadura. Venezuela entera expresa que hay una dictadura, y se terminan cifrando las esperanzas de salir de ella el 6 de Diciembre. ¿No les parece esto una vaina de locos? ¿O seré yo el loco?



Venezuela no tiene un comportamiento acorde con lo que está pasando. Es verdad que lo ha tenido por períodos, como en el 2014. Pero ha venido en oleadas, de acuerdo a los distintos momentos que se han vivido en el país, y muy en especial de la mano de los estudiantes. Muchos dicen que por menos de lo que sucede ahora en el país, con las vejaciones en las colas, la hiperinflación y el desabastecimiento vino el Caracazo de 1989, que por cierto capitalizó muy bien Hugo Chávez, el golpista en 1992.



Entonces cabe bien hacerle a la oposición oficial la siguiente pregunta: ¿consideran ellos que estamos o no estamos en una dictadura? Pareciera que no hay claridad sobre el particular cuando indican que es una dictadura pero podrán salir de ella el 6D. No puedes decir que hay una dictadura y por el otro decir que saldrás de ella con unas elecciones. Eso es una contradicción.



El día anterior a su arresto escribía que si Leopoldo se entregaba a esta dictadura, (ver Entrega o Resistencia http://ticsddhh.blogspot.com/2014/02/entrega-o-resistencia.html)  él y su familia no debían esperar menos que los vejámenes a los que el régimen sometió  a Simonovis y a los suyos desde el año 2002, siendo preferible asumir una actuación en resistencia. Lamento haber tenido la razón.



Entonces, hasta que no tengamos -líderes y ciudadanos- el comportamiento de un país en dictadura (ya las hemos vivido con lo cual deberíamos saberlo: ver Rebelión Civil en http://ticsddhh.blogspot.com/2013/11/rebelion-civil.html) y seamos consecuentes con las acciones que se desprenden de tal condición, será imposible coordinar las tareas  tendientes a resolver el problema. Siempre habrá grupos que actúen solos de acuerdo con esa caracterización y otros que no los seguirán porque les dirán “radicales”, desperdiciando una energía vital que todos necesitamos en el conjunto, en un inútil ir y venir de protesta dividida.



En este sentido, todos estamos condenados a esperar el 6D a ver qué pasa, porque existe el convencimiento generalizado que proviene de la oposición oficial mantenida por la dictadura, de que “esta vez sí” saldremos de esto. Pero como en otras oportunidades, no saldremos. Y no saldremos no solo porque no creo que los dictadores vayan a elecciones que no van a ganar, sino porque toda la sociedad en su conjunto tiene la profunda esperanza de un veredicto favorable a la democracia, pero proveniente de las urnas electorales podridas de un régimen tramposo; de la misma manera como tenía la íntima esperanza del veredicto favorable a Leopoldo proveniente de un sistema judicial profundamente corrompido a favor de una dictadura real.



Espero que el 7D, cuando todos estemos en la profunda depresión colectiva producto de un nuevo zarpazo del régimen, y preguntándonos en donde estarán aquellos que prometieron que iban a cambiar las cosas, reflexionemos en cómo se debe actuar seriamente en una dictadura. Y cuando lo hagamos, y todos actuemos verdaderamente en consecuencia a ese hecho, el régimen en su lógica perversa nos sentenciará a todos como culpables, como lo acaba de hacer con Leopoldo López, por gritar ¡abajo la tiranía! y convocando al pueblo a las calles. Pero si ese momento llega, y toda Venezuela sea sentenciada ¡culpable!, ese solo hecho le quitará las esposas a Leopoldo y al resto de los presos políticos, como él mismo premonitoriamente lo dijo, de las manos de un pueblo libre.



Caracas, 12 de Septiembre de 2015





Twitter:@laguana

martes, 18 de agosto de 2015

Salir de Maduro para salvar todos a nuestras familias Jesús Petit da Costa



Es urgente salir de Maduro para que se queden en el país los 7,5 millones de venezolanos buenos que se quieren ir y regresen los 2,5 millones que ya se fueron, la mayor diáspora de América Latina, una verdadera tragedia porque implica separación de padres e hijos y la disgregación de la familia.

Jesús Petit da CostaEn los años 40-50 y hasta los 60 del siglo pasado Venezuela fue un país de inmigración masiva. Llegaron centenares de miles de europeos: portugueses, españoles e italianos principalmente, que huían de sus naciones empobrecidas por la guerra. Aquí hicieron fortuna trabajando duro y formaron familia cruzándose con los criollos. Fueron factores importantes en la prosperidad del país y en la fama de sus mujeres, ya que hijas de estos inmigrantes destacaron como reinas de belleza.
En los años 60-70 vino la segunda ola inmigratoria. Entonces llegaron argentinos, uruguayos y chilenos. Venían huyendo de las dictaduras militares. En su mayoría eran universitarios. Se les acogió e incorporó a la sociedad venezolana, asignándoseles asesorías del gobierno y cátedras en universidades y liceos.
En los años 70-80 vino la tercera ola inmigratoria. Atraídos por el boom petrolero, llegaron centenares de miles de trabajadores andinos: colombianos, ecuatorianos, peruanos y bolivianos, que huían de la pobreza y de la guerra civil. Aquí consiguieron trabajo y sobre todo paz y seguridad. Se integraron de tal modo que sus hijos son profundamente venezolanos.
Todos esos inmigrantes fueron atraídos por una Venezuela de economía próspera, con moneda dura y estabilidad de precios, donde había paz y seguridad, con democracia y justicia y sobre todo con oportunidades y futuro para todos, especialmente los jóvenes. Era la época en que Venezuela tenía la imagen de un paraíso, admirado y envidiado por los extranjeros. Pero los venezolanos no lo veíamos así. Entonces nos sucedió lo mismo a Eva y Adán en el Edén. El pueblo cayó en la tentación de probar la manzana del comunismo, envuelta en papel de regalo, que le ofreció el difunto, mandado por el demonio llamado Fidel. Entonces fue echado del paraíso y enviado al infierno en el que estamos viviendo desde hace quince años. Convertido el paraíso en infierno, copia fiel y exacta de Cuba, cambió la corriente migratoria. Ya no viene nadie para acá. Y como únicamente a los malos, a los comunistas y a los malandros, les gusta el infierno, los buenos empezaron a irse. Primero se fueron unos pocos a los que se le agregaron después muchos hasta completar una emigración de más de dos millones de venezolanos. Una verdadera diáspora. Tanto o más que los judíos en la segunda guerra mundial. Más que los cubanos que huyeron de la tiranía comunista.
Hasta ahora a muchos, de los que todavía estamos aquí, los detenía la esperanza de que se acabara el infierno pronto, aceptando que tengamos pagar penitencia pasando por el purgatorio de la transición para poder regresar al paraíso. Pero han perdido la fe de que suceda porque ya no creen en el canto de sirena de los colaboracionistas que todos los años le dicen: “vamos a ganar la próxima elección”, “segurito que la ganamos”. Se han dado cuenta del engaño. La desesperanza se viene apoderando del alma de los venezolanos. Lo dicen las encuestas. Uno de cada cuatro se quiere ir, a cualquier parte con tal de salir de este infierno. Son 7,5 millones de personas, que si los dejamos ir, haría que llegaran a 10 millones de emigrantes venezolanos. La más grande diáspora latinoamericana. Una diáspora que comenzó por los universitarios que no ven futuro, a quienes se han sumado trabajadores calificados y no-calificados. Gente de todas las condiciones y de todos los oficios. Es una verdadera hemorragia de recursos humanos. Y pensar que su remedio es sencillo: echar a Maduro para que se queden los buenos que quieren irse y regresen los que ya se fueron. Salir de Maduro no sólo nos salva de la hecatombe económico-social que se nos viene encima. Nos salva también de la tragedia familiar: la separación de padres e hijos, de abuelos y nietos, de tíos y sobrinos, de hermanos, la desintegración de la familia dispersa por el mundo.
Estimado lector: si sigue Maduro usted pierde a su familia, porque se irán uno tras otro. Usted se irá quedando solo en este infierno de país. Su alternativa es sencilla: echar a Maduro o perder la familia, sin garantía de que usted mismo sobreviva a la hecatombe.

Anotaciones sobre Chávez




Anotaciones sobre Chávez: primera parte


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La absoluta orfandad de un proyecto estratégico para resolver la crisis orgánica que desangra a Venezuela y enfrentar el futuro, tanto del régimen en agonía como de la fracturada oposición a la deriva, induce a una serie de interrogantes, a cual más preocupantes. ¿Se ha autonomizado la dinámica del llamado proceso y sigue cuesta abajo sin aparentes frenos, remedios y/o alternativas? ¿Ha perdido racionalidad, si alguna vez la tuvo? ¿Se han desencajado los resortes que vinculaban a representantes y representados, dividiendo cauces entre partidos y dirigencias, por un lado, y sociedad civil y ciudadanía, por la otra? ¿Cuáles son los objetivos de las individualidades, grupos y partidos que manejan la cosa pública venezolana? ¿Cuáles sus diferencias antinómicas? ¿Es posible hacer política sin motivos, propósitos y objetivos comunes? ¿Quién o quiénes serán los sujetos protagónicos de la liberación? ¿Culmina la aventura ideológica, “narrativa” de Hugo Chávez en la devastación final de Venezuela?

Para emplear como interrogantes histórico trascendentales dos categorías básicas de uno de los grandes historiadores norteamericanos, John Lukacs, ¿cuáles son los motivos, cuáles los propósitos de los factores que controlan el gobierno, manejan la totalidad de las instituciones, disfrutan de la renta petrolera y debieran tener como primera misión evitar que el país estalle en pedazos? ¿O buscan, precisamente, que estalle en pedazos? ¿Cuáles los motivos y propósitos de quienes los adversan? ¿Esperar a que estalle? ¿Existen fuerzas sociales suficientemente auto conscientes como para impedir la devastación final de Venezuela, último recurso del castromadurismo? Si así fuera, ¿encuentran representación en algunos de los partidos existentes? Son preguntas que urgen por respuestas.

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Los motivos de Hugo Chávez y todos cuantos lo siguieron en su aventura golpista estuvieron suficientemente claros desde que comenzara a montar su secta conspirativa entre sus compañeros de armas: asaltar el Poder. Poco importan las razones: ambicionó el poder total nada más tener mando sobre hombres armados y comprender que, disponiendo de las armas de la República, lograrlo era tan fácil como montar la conspiración, mover sus peones y caerle a saco a un establecimiento podrido en sus entrañas que parecía dispuesto a entregarse maniatado y con los ojos vendados a la visita del Mesías verde olivo.

Provisto, como todo los caudillos natos, de un olfato propio de hienas como para percibir la descomposición de sus potenciales víctimas. Comenzando por la descomposición de las propias fuerzas armadas, carentes de toda cohesión y verdadera disciplina interior, de toda grandeza institucional y de todo auténtico compromiso con el Estado de Derecho. Carentes incluso de los mecanismos de control interno como para conocer, impedir y proceder contra quienes amenazaran con romper sus obligaciones y sagrados compromisos constitucionales y atentar contra el Estado de Derecho.

Equilibrándose siempre entre el poder sociopolítico representativo y hegemónico del Estado – la civilidad - y sus propias ambiciones de poder. Una relación siempre frágil y precaria, resuelta circunstancialmente con dádivas y sinecuras para con la alta oficialidad de una institución fundamental para garantizar la estabilidad del sistema contra sus enemigos internos y el blindaje frente a las tentaciones territoriales de sus vecinos. Por lo menos en la letra constitucional. En la realidad, un nido de ambiciones espurias nunca domeñado del todo y siempre consentido con las sinecuras con que el establecimiento civil pretendía ganarse su adhesión.

Las fuerzas armadas han sido desde el 23 de enero de 1958 el convidado de piedra de la democracia. El golpe de Estado fue la sombra permanente que medió en las relaciones entre la civilidad política y el estamento uniformado desde la muerte de Gómez y la autonomización de los ejércitos. Se cuentan con los dedos de una mano los años absolutamente libres de tutelas, amenazas, pesados influjos o conspiraciones, desde el 18 de octubre de 1945. Esas fuerzas internas nunca conjuradas fueron acumulándose hasta explotar el 4F. Traicionando el esfuerzo bicentenario de la civilidad. Jamás plena, jamás en poder de la supremacía, jamás verdaderamente hegemónica. Fue la herencia de Bolívar: echar al mundo un país de soldados y montoneros. Fue la derrota del sueño de Miranda: un país de civiles. Sin bochinches.

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De modo que Hugo Chávez actuó desde un comienzo sin mayores vacilaciones ni angustias: nada más recibir el espadín supo como en una revelación iniciática que ni su acción conspirativa ni los efectos de un eventual fracaso encontrarían sanción alguna. De hecho, aún filtrándose hasta las máximas autoridades de las fuerzas armadas y del alto gobierno el devaneo conspirativo de él y los suyos, fueron dejados en absoluta libertad de movimientos. Estuvo rodeado por la complicidad desde que se convirtió en un oficial de la República. Él y los suyos actuaron en la absoluta impunidad, a plena luz del día y con una decisión sólo limitada, a la hora de las definiciones propiamente militares, por su coraje o su cobardía. Primando la cobardía y contando con la complicidad de su institución y la de todos los otros componentes del Estado. El único imponderable: que a la hora del golpe prometido y encargado del asalto al Palacio de Gobierno, tarea de su única y exclusiva responsabilidad, una bala se atravesara en su camino. Como sucediera con Ezequiel Zamora, su inspirado modelo. Único temor del caudillo que ansía el poder total, según Carl Schmitt: el miedo al dolor y la muerte física.

Antes que consumar esa tarea y mientras los otros tres comandantes golpistas – los tenientes coroneles comandantes Francisco Arias Cárdenas, Yoel Acosta Chirinos y Jesús Urdaneta Hernández - las culminaban con éxito tomando el control de sus objetivos políticos y militares en Zulia, Aragua y Valencia, prefirió no correr el riesgo de una herida o la muerte esperando por el desenlace de los acontecimientos a suficiente distancia del centro de los acontecimientos: el Palacio de Miraflores. Se retiró al Museo Militar desde donde siguió la actuación de sus subordinados, que estuvieron a un tris de asesinar al presidente de la República. Y dio por cancelada la operación global asumiendo la responsabilidad por lo acontecido y postergando la definición estratégica “por ahora”. Si no era él el beneficiario del golpe, que no lo fuera nadie. Lo hizo una vez asegurado por el ministro de defensa, Fernando Ochoa Antich, que su vida estaba a salvo y no encontraría obstáculos en la prosecución de sus objetivos políticos.

Lejos de esperar un castigo y arriesgar su vida, sabía que los cadáveres y la destrucción que dejara en su camino, en lugar de encerrarlo de por vida y castigarlo eventualmente con la pena máxima prescrita a tal efecto, lo elevarían al estrellato de la popularidad de un país carente de sentido del orden y de justicia. Y le dejarían el Poder absoluto en bandeja de plata. Era como atracar a un inválido. Uno de sus compañeros de promoción, el comandante Luis Pineda Castellanos describiría el slalom del golpismo cuartelero de los futuros responsables del golpe con punzantes observaciones respecto del dudoso comportamiento que cabía esperar de las máximas autoridades castrenses ante la eventualidad de un golpe de Estado: Hugo Chávez “finalizaría su carrera como militar comandando el Batallón de Paracaidistas ‘Antonio Nicolás Briceño’ en el Cuartel Páez, gracias a la ayuda de Ochoa Antich, porque como habían sido descubiertos y sancionados mandándolos a sitios remotos, le asignaron un cargo administrativo y Ochoa lo hizo comandante de un batallón élite, al igual que a Urdaneta y a Ortiz Contreras. O sea: pongo las vainas en orden: Ochoa puso de comandantes de batallones élites, armados, a tres conspiradores… ¿Estaba o no en la jugada? ¿Creía que Hugo daría un golpe para que Ochoa se encaramara?”[1]

@sangarccs
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[1] Así paga el diablo, Berenice Gómez sobre confesiones del comandante Luis Pineda Castellanos. Versión de la web. Pág. 37. 


viernes, 14 de agosto de 2015

La última orden: arrasar con todo Antonio Sánchez García

Resultado de imagen de Antonio Sánchez García Suena a locura inimaginable, apocalíptica, como de ciencia ficción, pero sucedió. Las dos ideas fijas de Adolfo Hitler fueron suicidarse si no ganaba la Segunda Guerra Mundial, su guerra – lo hizo cuando la vio perdida – y ordenar que sus ejércitos arrasaran con Alemania, su Alemania. Fue su último decreto antes de volarse la cabeza.

No fueron ideas brotadas del hundimiento del Tercer Reich. Con el suicidio ya había amenazado inmediatamente después de fracasar con el Putsch de la cervecería de Múnich en noviembre de 1923. Su amenaza de arrasar con los alemanes si no estaban a la altura de sus delirios la confesó sin inmutarse en una conversación con dos cancilleres de países amigos en 1940. Ese camino hacia el holocausto, su propia destrucción y la de Alemania lo inició sin que le temblara el pulso al comprobar que no conquistaría Rusia declarándole la guerra a los Estados Unidos. Algo incomprensible – librar una guerra imposible en dos frentes – sin considerar sus impulsos tanáticos, suicidas, auto destructivos.

No lo cuento por azar. Lo cuento como antecedente de los delirios de Fidel Castro, de cuyas consecuencias somos víctimas todos nosotros, los venezolanos. Fiel y consecuente discípulo de Hitler, Castro amenazó con hundir su isla y llevarse consigo a los Estados Unidos al infierno si le obstruían su camino a la gloria, para lo cual convenció a los soviéticos de proveerlo de misiles provistos de ojivas nucleares. Y si no hubieran mediado Kennedy y Kruschev, en 1962 hubiéramos vivido el aterradorblow up del hongo nuclear sobre el Caribe.

Asombra la cortedad de juicio de quienes, teniendo en sus manos el manejo de esta gravísima crisis de parte opositora, se niegan a comprender que Maduro, Cabello, El Aissami y los talibanes que los secundan no tienen otro proyecto estratégico que arrasar con Venezuela. La idea fija de Fidel Castro desde que Betancourt le diera con un portazo en las narices y sus mejores comandantes salieran con la cola entre las piernas aventados de territorio nacional por soldados patriotas, de esos que desaparecieron de nuestros ejércitos en el turbión del caracazo y la crisis política de los años noventa.

Sólo un necio puede negarse a comprender que la revolución se murió, si es que no nació muerta. Que Chávez se ofrendó en el altar del castrismo, al que le entregara su vida y le traspasara nuestra soberanía. Que el único motor que le ha dado vida a esta cruel insensatez ha sido la renta petrolera, y que esa renta ya no alcanza ni siquiera para alimentar a un pueblo desesperado y fracturado por una crisis congénita. Que lo que había que robar, se lo robaron. Y que puesto que no hay futuro, la única política visible es la hitleriana: arrasar con todo. No dejarle a la inevitable democracia ni los rastrojos. Y cuando huyan ante la furia del despertar, querrán cumplir la última orden de Fidel: arrasar con todo.

Todo lo que contribuya a mantener en pie la ficción sirve objetivamente a la devastación de Venezuela. A estas alturas el problema no es impedir que terminen por devastarla. Es hacerles pagar el crimen de haberla devastado. Temo que ninguno de los administradores de la llamada oposición lo entienda. Temo incluso que más de uno sea cómplice de la devastación. No sé quién es más criminal: si quien devastó a nuestra república o quienes se negaron y aún se niegan, ya próximos a la hora final, a impedirlo.

@sangarccs