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martes, 3 de noviembre de 2015

Ataques y débiles, Carlos Rodríguez Braun



Leí este titular en La Vanguardia: "Ataque conservador a los más débiles". No correspondía a un editorial ni a un artículo de opinión. En páginas de información, firmaba un artículo Rafael Ramos, corresponsal en Londres, con una colección de topicazos que me recordaron la histeria del pensamiento único con Margaret Thatcher, a quien los políticamente correctos jamás perdonaron que ganara las elecciones con el voto mayoritario de los trabajadores, que supuestamente debían ser sus enemigos porque ella supuestamente los hostigaba con sus políticas liberales.
Desde el principio se manifiesta una aversión a los conservadores. De hecho, desde el título: rara vez habrá visto usted un titular en la línea de "ataque progresista a los más débiles", ¿verdad que no? Pero la derecha sí, los conservadores sí que odian a los débiles. Ramos los acusa de "cálculo electoral", algo que, como es obvio, sólo acometen los de derechas…
Se trataba de una idea de Cameron, que, como suele suceder con los conservadores, en ningún caso proponía grandes reducciones de la coacción estatal, pero sí planteaba el copago o la disminución de algunos capítulos del gasto público, como las subvenciones a la vivienda o las ayudas a los parados. A eso llamó el periodista "una redistribución del pastel para que los ricos se atiborren y los pobres pasen hambre". En serio. "Recortar –ya se sabe– a lo bestia y sin contemplaciones". En serio. Aseguró el periodista que los conservadores dejarán el Estado de Bienestar en “niveles de hace ochenta años, antes de que Gran Bretaña desafiara al nazismo en la Segunda Guerra Mundial. Ahora el peligro alemán es otro”. En serio.
Los malvados neoliberales no sólo empobrecen al pueblo, sino que además lo hacen gastar tontamente: "La idea es que los jubilados echen mano por adelantado de sus fondos de pensiones estatales y se pulan el dinero si quieren en un Ferrari, un yate… aunque luego se queden a dos velas". Típico del intervencionismo: la gente es boba, con lo cual no puede ser libre. De ahí la maldad de los conservadores, porque quieren ampliar la libertad de comercio: "Cuanto mayor sea la tentación, más gente caerá en ella".
La conclusión es: "La filosofía está clara: minimizar el Estado y su papel como agente igualitario de la redistribución de la riqueza, y paralelamente dar libertad a los ricos y a los afortunados que se ganan bien la vida o tienen una buena pensión para que dispongan del capital a su antojo. Ortodoxia neoliberal llevada hasta sus últimas consecuencias".
Todo este disparate, repito, en páginas de información, no de opinión. Y nos siguen contando el viejo camelo de que los hechos son sagrados y las opiniones libres…

sábado, 10 de octubre de 2015

Por qué la Iglesia Católica no sabe cómo luchar contra la pobreza, Carlos Alberto Montaner

Lamento que algunos no hayan entendido mi artículo "El Papa y la pobreza".
Yo no fustigo al Papa ni arremeto contra la Iglesia. ¿Por qué habría de hacerlo si no son mis adversarios y tengo una multitud de amigos cristianos? El Papa me parece un señor bondadoso y ocurrente, aunque hubiera preferido que hubiese recibido a las Damas de Blanco y estuviera más decididamente junto a quienes en Cuba piden libertades políticas. Por otra parte, creo que la Iglesia Católica, hechas las sumas y restas, es una institución que ha sido beneficiosa para Occidente. Nuestro mundo no se explica sin esa huella moral judía, trenzada, además, con la civilización greco-romana de donde procedemos.
Tampoco se me ocurriría calificar a Bergoglio de comunista por decir las cosas que a veces afirma. Los papas dicen cosas tremendas. Pero repetir la frase de San Basilio ("El dinero es el estiércol del demonio"), como hace Francisco con frecuencia, o afirmar que el capitalismo mata (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium) me parece un provocador exceso que no contribuye al mejor debate sobre la miseria humana.
No entro en cuestiones religiosas, ni en lo que afirman los evangelistas que Cristo dijo, porque no fui tocado por la gracia divina de la fe. Declaro mi absoluta perplejidad en esta materia. No tengo la menor idea de si Dios existe o no, lo que me lleva a respetar todos los credos, pero ni contenido de los Evangelios, ni el del Corán, ni el de los cuatro Vedas ni el de cualquier otro libro sagrado me resultan argumentos inapelables, aunque algunos los consideren verdades reveladas.
Naturalmente, si Dios existe y está pendiente de lo que los seres humanos hacen, dicen o creen en este remoto y diminuto lugar del inmenso universo, con el objeto de premiarlos o castigarlos en la vida eterna, todo es posible, incluida la existencia de ángeles y demonios, del purgatorio, de las 72 huríes vírgenes que aguardan a los viriles e infatigables yihadistasmusulmanes en el paraíso, o de la reencarnación en la que creen los practicantes del hinduismo.
No obstante, si Dios no existe, todas las religiones son falsas, aunque seguirían siendo útiles como un factor social cohesivo, siempre y cuando no traten de imponer su exclusividad por métodos violentos.
Esa es la humilde esencia de la posición de los agnósticos. No sabemos y, por lo tanto, no negamos (como los pesimistas ateos) y no afirmamos (como los creyentes convencidos).

Segunda lectura

En una segunda lectura de mi artículo, sospecho que mis detractores comprenderán lo que he querido decir: la Iglesia ha practicado la caridaddesde sus comienzos, y eso está muy bien, pero si se trata de erradicar la pobreza, o reducirla sustancialmente, el modo de lograrlo es creando las condiciones para que el conjunto de la sociedad, mediante el trabajo, consiga crear las riquezas que ello requiere.
Ese fue el camino tomado por varias naciones en la segunda mitad del siglo XX, como sucede con los cuatro dragones o tigres asiáticos –Taiwán, Singapur, Hong Kong o Corea del Sur– o con Israel, el "tigre semita", como le ha llamado un periodista.
Pero para crear riquezas hacen falta empresas exitosas que generen bienes y servicios apreciados por los consumidores, y ese complejo fenómeno suele ser el resultado de una delicada combinación cultural entre la prevalencia de la ética de la responsabilidad, el impulso de los emprendedores, una mano de obra calificada, las necesidades del mercado, la existencia de una tensa competencia que mejora la calidad de la oferta, los recursos disponibles y la actitud y hospitalidad de la sociedad expresadas en su sistema político, en su modelo económico y en el modo con que perciben y tratan a los triunfadores.
La experiencia, y no los dogmas, nos han enseñado que ese fenómeno ocurre mejor en donde coinciden la democracia, el ejercicio crítico de la libertad, el mercado y los derechos de propiedad, como sucede en esos 25 países que menciono en mi artículo. Es en esa atmósfera donde germina la riqueza de una manera más rotunda y decidida.
Es obvio que ese proceso de enriquecimiento individual y colectivo es imperfecto y está sujeto a marchas y contramarchas, a catástrofes naturales y a las creadas por el hombre, o a hallazgos e innovaciones que cambian el curso de los saberes y quehaceres, pero esa fórmula ha probado ser mucho menos mala que las otras empleadas hasta la fecha.
Por supuesto que el mercado también es imperfecto y hace o destroza fortunas, y la codicia crea burbujas que devoran grandes sumas de capital, pero, como sostenía Joseph Schumpeter, es gracias a ese "fuego creador" que la sociedad avanza en busca del progreso. Es verdad que el mercado, por decisión de los consumidores, incineró a Kodak, pero sus cenizas sirvieron para abonar a Apple o a Samsung. En todo caso, es preferible la actuación del mercado que la decisión de los comisarios.
Obviamente, sé que el mercado redunda no en el "bien común", porque, gracias a la lectura de ese enorme pensador que fue –murió hace un par de años– el premio Nobel de economía James M. Buchanan, aprendí que, salvo en contadas excepciones, el bien común no existe, y los funcionarios electos o designados, que son como la mayor parte de la gente, invariablemente tomarán sus decisiones en defensa de sus intereses y de su clientela política.
Cuando el Papa define que la dignidad de las personas se nutre de al menos tres tes (techo, tierra y trabajo), elementos a los que califica comoderechos, supongo que Su Santidad Francisco será consciente de que está repartiendo bienes futuros, todavía no creados, que cuestan una considerable cantidad de recursos y deben ser aportados o transferidos por otros trabajadores.
Si realmente existe el derecho a poseer una vivienda, los trabajadores, por medio del gobierno, deberán proporcionársela a toda persona o familia que quiera ejercer ese derecho, un esfuerzo considerable si tomamos el precio medio de 50.000 dólares por unidad.
Si todas las personas tienen derecho a la tierra sucede algo parecido, pero aún más complicado, porque el Papa ni siquiera define el tamaño, la calidad y la ubicación.
Pero donde todavía es más absurda la propuesta es en el tema delderecho al puesto de trabajo. ¿En qué empresa y para servir a cuáles clientes? Y si no hay beneficios, ¿cómo se mantiene esa empresa y cómo paga los salarios?
Para que haya puestos de trabajo es indispensable que existan empresas privadas o públicas que los generen, pero para que ello sea posible esos empleos deben ser, cuando menos, necesarios y rentables.
En las sociedades comunistas, como la cubana o la soviética de donde aquélla procedía, había pleno empleo y se respetaba el derecho al trabajo, pero lo que realmente sucedía es que las personas engrosaban innecesariamente las plantillas de las empresas, hundiendo paulatinamente el aparato productivo, reduciendo, en la práctica, el salario real de los trabajadores porque no realizaban una actividad laboralmente beneficiosa. Recibían un salario, pero no tenían un verdadero empleo.
Claro, el Papa o la Iglesia pueden alegar que cuando hablan de derechoslo hacen para alertar a la sociedad sobre las necesidades de los pobres, pero lo que transmiten no es una advertencia razonable, sino un mensaje de lucha de clases que conduce a la frustración y a la certeza de que los que han conseguido vencer la pobreza y acumular bienes son unos canallas avariciosos que mantienen deliberadamente en la miseria a una parte sustancial de sus conciudadanos.
Es una lástima que el papa Francisco no conozca el prólogo que José Martí escribió a los Cuentos de hoy y de mañana, de Rafael de Castro Palomino. De ahí extraigo este breve párrafo:
Pero los pobres sin éxito en la vida, que enseñan el puño a los pobres que tuvieron éxito; los trabajadores sin fortuna que se encienden en ira contra los trabajadores con fortuna, son locos que quieren negar a la naturaleza humana el legítimo uso de las facultades que vienen con ella.

El gasto social

En todo caso, una institución como la Iglesia, que (al margen de difundir su respetable hipótesis de que Jesús es el Hijo de Dios y regresará a juzgarnos) justifica su existencia en el ejercicio de la caridad, su principal tarea, siempre sostendrá la tendencia a creer que la calidad moral de una sociedad y el gobierno por ella segregado se mide por la intensidad del gasto social y el compromiso con los menos favorecidos, pero sucede exactamente lo opuesto.
Una sociedad perfecta (que no ha existido ni existirá nunca) sería aquella en la que el gasto social sería cero, y la caridad y la compasión no resultarían necesarias, porque todas las personas y todas las familias podrían ganarse el sustento y costear una razonable calidad de vida con el producto de su trabajo.
Como sabemos que siempre habrá personas enfermas, desvalidas, o intelectual y emocionalmente incapaces de ganarse el sustento y contribuir al mantenimiento de ellas y de sus familia, es indispensable y moralmente justo que el conjunto de la sociedad les eche una mano, pero hay formas inteligentes de hacerlo sin crear lazos perpetuos de dependencia y sin convertir esas ayudas en formas de clientelismo.
Ojalá que más de dos mil años de continuados fracasos en la tarea de erradicar la pobreza le hayan servido a la Iglesia para comprender que una cosa (muy encomiable) es asistir a los pobres y otra muy diferente erradicar la pobreza. En eso estamos todos.

lunes, 15 de junio de 2015

Igualdad, fraternidad y comunismo Carlos Rodríguez Braun

Lamentó Rosa Montero la ausencia de "las viejas proclamas de igualdad y fraternidad", y escribió en El País:
Esto de la desigualdad es una historia tan repetitiva que resulta cansina (…) la pobreza es más cancerígena que los genes. Por ejemplo, la supervivencia de los niños a la leucemia aguda, el cáncer infantil más común, es del 90% en Canadá y del 16% en Mongolia.
Hay aquí algunos errores. En primer lugar, la identificación entre desigualdad y pobreza, que obviamente son cosas distintas. En segundo lugar, si lo que le preocupa a doña Rosa es la desigualdad en el mundo, tengo buenas noticias: ha disminuido apreciablemente en el último medio siglo, sobre todo por la mayor prosperidad relativa de los países más poblados del planeta: China y la India. Tanto ha disminuido la desigualdad en el mundo que lo reconoce sin ambages Thomas Piketty, el nuevo darling del progresismo igualitarista.
Es una temeridad afirmar que la pobreza es más cancerígena que los genes. Los países pobres tienen por regla general peor sanidad que los ricos, y de ahí que los niños y los adultos de los países pobres tengan una tasa de supervivencia a las enfermedades menor que en los países ricos. Ponerse dramático hablando de igualdad y fraternidad puede confundir a los lectores, empezando por la idea de que ellos son de alguna forma responsables de que se mueran niños de leucemia en Mongolia, cuando la pobreza, que es lo que está detrás de todo esto, no depende de lo que sucede fuera de ese país, sino esencialmente de sus propias instituciones: de la paz, la justicia y la libertad dentro de sus fronteras.
Hablando de instituciones, de libertad e igualdad, es interesante que la señora Montero haya puesto el ejemplo de Mongolia, un país que, en efecto, es muy pobre, pero la escritora elude subrayar que no es pobre por azar sino porque allí se impuso a la población el sistema más criminal y empobrecedor que jamás haya sido perpetrado contra los trabajadores en toda la historia de la humanidad: el comunismo. En efecto, los comunistas aplicaron allí el comunismo durante casi setenta años, entre 1924 y 1992. Y, efectivamente, el comunismo esgrimió "las viejas proclamas de igualdad y fraternidad" y procedió a aniquilarlas.

lunes, 16 de marzo de 2015

No al Impuesto de sucesiones- Juan Ramón Rallo

Comienza mal Ciudadanos proponiendo restablecer el Impuesto de Sucesiones en Madrid. Y lo empeora queriendo fundamentar semejante ocurrencia socialdemócrata en el pensamiento y en los valores del liberalismo. No en vano los tres argumentos empleados por Ignacio Aguado, candidato de Ciudadanos a la presidencia de la Comunidad de Madrid, para justificar semejante tributo se hallan completamente alejados de los ideales de la libertad: que la medida se justifica apelando a la justicia social, en tanto en cuanto los herederos no han generado la riqueza y, por tanto, no la merecen; que, además, se dirige a redistribuir esa riqueza con el propósito de promover la igualdad de oportunidades y, por último, que no debería preocuparnos especialmente a la inmensa mayoría de madrileños, dado que sólo afectará a una minoría acaudalada.
Primero, ¿merecen disfrutar de la riqueza aquellos que no han contribuido a generarla? Indudablemente, el mérito es una de nuestras intuiciones éticas más básicas: es de justicia que aquel que merece algo lo obtenga; es injusto que aquel que merece algo no lo obtenga. El problema es que títulos habilitantes del mérito hay muchos: el mérito puede venir dado por una superior inteligencia, por una superior habilidad negociadora, por una superior empatía social, por un superior esfuerzo personal, por una superior red de contactos, por una superior capacidad de persuasión, etc. Que la propiedad deba entroncar de algún modo con el mérito no significa, pues, que cualquier apelación a cualquier mérito baste para socavarla.
En el caso de las sucesiones, el mérito existe y es apreciado por aquel quemerece tener la última voz en ese asunto, a saber, el propietario que elabora el testamento y que, a través de ese procedimiento públicamente reglado y reconocido, transmite su propiedad a aquellas personas que él juzga que la merecen. Es perfectamente posible, y lícito, que las demás personas tengamos otras percepciones sobre quién merece la propiedad legada por el causante: pero no somos nosotros, sino él, quien merecedirimir esta cuestión. Lo mismo sucede, por cierto, con otros aspectos básicos de nuestra existencia que nadie se atreve a cuestionar: ¿merecen los hijos los regalos de Navidad que les entregan sus padres? ¿Merece nuestra pareja el amor, el tiempo y la dedicación que le profesamos, con preferencia al trato que podríamos dispensar a otras personas desconocidas pero acaso más necesitadas? ¿Merecen nuestros abuelos relativamente saludables el cuidado que les brindamos, cuando puede haber otras personas adultas en una situación más precaria? Títulos habilitantes del mérito hay muchos, ya digo, pero quien tiene que evaluarlos y priorizarlos es cada agente implicado, no el Estado.
Es más, en el capitalismo de libre mercado la riqueza de una persona depende de su capacidad para satisfacer las necesidades ajenas. Los ricos no privilegiados por el Estado no son ricos porque produzcan muchos bienes y servicios para su propio consumo, sino porque producen muchos bienes y servicios dirigidos a satisfacer mejor que nadie las necesidades del grueso de la población. El valor de la riqueza de una persona depende de la percepción social sobre su capacidad para seguir satisfaciendo esas necesidades: si mañana se temiera fundadamente que Inditex va a ser desplazada por otra compañía como líder de la distribución textil, la riqueza de Amancio Ortega se hundiría de la noche a la mañana. Por eso, en contra de lo que sostienen economistas como Thomas Piketty, la transmisión de la riqueza es hoy inseparable del mérito de su receptor: si un heredero es incapaz de seguir orientando el patrimonio recibido hacia la satisfacción de las necesidades ajenas (ya sea elaborando él mismo buenos planes empresariales o escogiendo a aquellas personas más aptas para hacerlo), esa riqueza irá consumiéndose hasta desaparecer sin necesidad de ningún Impuesto de Sucesiones. El mérito no tiene por qué ser solo un título que habilite ex ante a recibir un bien: también puede ser un título que habilite ex post a retenerlo (por ejemplo, el jefe que le dice a su empleado: "Te voy a dar una última oportunidad para que me demuestres lo que vales y puedas conservar el puesto").
De hecho, ni siquiera tendría sentido apelar a que, mientras subsista el Estado, éste debe financiarse mediante impuestos y que, en consecuencia, la herencia es un asidero fiscal al que legítimamente puede agarrarse el Fisco. Aun cuando creamos en la licitud de los impuestos, la propiedad acumulada como consecuencia del ahorro y de la inversión juiciosa de la renta ya ha pagado impuestos, por lo que no merece volver a ser gravada por Hacienda. Si no hubiese otros impuestos, acaso pudiera justificarse el de Sucesiones como contribución (única, a lo largo de toda una vida) al mantenimiento de la estructura estatal, pero desde luego no como recargo a la exageradísima presión fiscal que ya padecemos.
Segundo, ¿promueve el Impuesto de Sucesiones la igualdad de oportunidades? De entrada, hay que señalar que la idea verdaderamente liberal no es la igualdad de oportunidades, sino la libertad de oportunidades. Las oportunidades no pueden igualarse salvo desde una perspectiva reduccionistamente economicista, por cuanto no dependen de una única variable (el poder adquisitivo) sino de muchas otras que quedan fuera del alcance de cualquier Gobierno (incluso de los más abiertamente totalitarios): la inteligencia, la belleza, la locuacidad, la empatía, la simpatía, los contactos, la resistencia, la fuerza o la velocidad son facultades que desnivelan el terreno de juego y que los Estados no pueden (afortunadamente) controlar. Cuando se habla de igualar oportunidades únicamente se plantea igualar el acceso a determinados bienes que –como la educación reglada– indudablemente influyen sobre nuestras oportunidades futuras, pero que ni mucho menos las determinan como para concluir que éstas han sido igualadas. Lo que necesita cualquier sociedad para florecer es libertad para perseguir las oportunidades descubiertas, no una quimérica igualdad que normalmente tiende a atentar contra esa misma libertad.
Pero supongamos que queremos alcanzar la igualdad de oportunidades: ¿cuál sería entonces la forma lógica de conseguirla? Como con el lecho de Procusto, la igualdad puede lograrse de dos maneras: o alargando a los cortos o acortando a los largos. El Impuesto de Sucesiones no es una forma de enriquecer a los pobres, sino de empobrecer a los ricos. No busca igualarnos mejorando la vida de los más necesitados, sino empeorando la vida de los más pudientes. Uno puede entender el valor intrínseco de ayudar a quien lo necesita: pero no parece haber ninguna justificación razonable para perjudicar al prójimo con el único propósito de igualar los niveles de miseria. Sería tanto como partirle una pierna a Cristiano Ronaldo, atontar a Peter Higgs o atarle una mano a J. K. Rowling para igualar nuestras oportunidades y las suyas en el fútbol, en la ciencia y en la escritura (Derek Parfit calificó este tipo de implicaciones absurdas como "la objeción de la nivelación hacia abajo"). La sociedad no es una carrera en la que uno deba ganar a costa de los demás y en la que, por tanto, todos necesitemos partir de la misma posición: la sociedad es un entorno institucional que faculta que personas muy distintas cooperen a la hora de conseguir su propia visión de la buena vida. Justamente por ello, mis oportunidades vitales no se ven mermadas por el hecho de que haya muchos Amancios Ortega, muchos Juanes Roig o muchas Helenas Revoredo: al contrario, mis oportunidades para prosperar y llevar una buena vida son mucho mayores en aquellas sociedades donde otras personas ya han prosperado que allí donde se impide o penaliza el éxito.Suiza, en suma, es un mejor lugar para vivir que Zimbabue, en gran medida por la mucha riqueza que ya hay acumulada.
Por último, ¿acaso cabe justificar el Impuesto de Sucesiones, desde una perspectiva liberal, apelando a que únicamente afectará al 0,1% de la población? No. Si por algo se ha caracterizado históricamente el liberalismo ha sido por el respeto a las minorías (en especial, a la mayor de esas minorías: el individuo). El liberalismo reivindica la igualdad moral de todas las partes y rechaza que las mayorías puedan actuar cuales rodillos sobre las minorías: las normas jurídicas deben basarse en principios universales que cualquier persona razonable pueda aceptar una vez se despoje a sí misma de sus circunstancias e intereses personales (larazón pública). Una norma nunca puede justificarse en el hecho de que afectará a un número reducido de personas; una norma nunca puede justificarse apelando a los intereses personales de las mayorías sobre los de las minorías electorales. Las normas han de poseer una vocación de racionalidad universal: un motivo más hondo dirigido a facilitar la convivencia y la cooperación social; un motivo que, más allá de la sinrazón del rodillo de la mayoría, no existe en el Impuesto de Sucesiones.
Pese a todo lo anterior, no querría ser especialmente duro con Ciudadanos porque, en primer lugar, es muy probable que siga siendo la menos mala de las opciones mayoritarias disponibles. Segundo, porque es un partido en formación cuyas ideas todavía están por definir y, por tanto, con opciones de enderezarse. Y tercero, porque aún no ha gobernado y resulta incomparablemente peor el ladrón consumado que el hipotético. Pero Ciudadanos sí debería ser consciente de que la simpatía que ha despertado entre bastantes liberales –en especial, como mal menor frente a otras opciones aún más liberticidas– no constituye un cheque ideológicamente en blanco: los liberales tenemos valores, ideales, convicciones y principios. Si Ciudadanos los violenta por sistema –tal como han hecho PP, PSOE o Podemos–, nos encontrará radicalmente en frente. Reivindicar el restablecimiento del Impuesto de Sucesiones ha sido su primer gran error.

miércoles, 18 de junio de 2014

Se busca derecha a la que votar por Emilio Campmany

Emilio Campmany nació en 1958. Estudió el bachillerato en el Liceo Italiano de Madrid y es licenciado en Historia Contemporánea y en Derecho por la Universidad Complutense de esa misma ciudad. Es también registrador de la propiedad y analista de Derecho Internacional del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), donde se ocupa especialmente de los problemas legales de la lucha antiterrorista y de los conflictos, en general. Fue finalista del V premio de novela Río Manzanares en 2003 con Operación Chaplin, un thriller en torno al intento de asesinato que sufrió José María Aznar en 1995.

Mientras en la izquierda se ha dado el pistoletazo de salida a la apasionante competición de ver quién dice la sandez más gorda, la derecha está enfrascada casi exclusivamente en defender la Monarquía. La primera ha llegado al convencimiento de que son utópicas sansiroladas lo que su electorado quiere escuchar. Un electorado que, por ser mayoritario, está además en condiciones de dar la victoria a quien más y mejor farolee. La derecha, aterrada por las propuestas de la izquierda montaraz y por las de lo que se suponía no lo era, quiere fiarlo todo a la continuidad dinástica, como si el que Felipe VI suceda a Juan Carlos I sin excesivos sobresaltos fuera una garantía de que primarán los valores que supuestamente defiende esa derecha.
Dejemos por hoy que la izquierda siga pescando ocurrencias en el río de la demagogia. Fijémonos en la derecha, que casi en exclusiva representa el PP. No hay nada en lo que dicen o hacen los populares que pueda tener siquiera un lejano parentesco con su supuesta ideología. Han subido los impuestos hasta donde creen que permite la curva de Laffer, es decir, hasta donde podría hacerlo un socialista razonable. Recortan el gasto público lo menos que suponen necesario para que pueda seguir viviendo del Estado la amplia clientela en la que se sostienen ellos y el PSOE, que es a lo más a lo que llegaría ese mismo socialista. Desde luego, se mojan en lo de la Monarquía. Pero en nada más.
Al final, se llega a la conclusión de que lo único en lo que se diferencia un dirigente popular de uno socialista es que el primero es monárquico, de esta Monarquía, y el segundo, republicano de no se sabe qué república, probablemente la Segunda. Y en que el primero es un socialdemócrata más o menos razonable y el segundo, un socialista entre marxista y utópico.
Este es el panorama que se le presenta al votante liberal-conservador en un año 2015 con dos convocatorias electorales importantes. Por un lado, nadie con posibilidades reales de ganar defiende sus ideas. Por otro, se le atenaza con el miedo a la izquierda radical dando altavoz televisivo a todo socialista o comunista que ansíe disparatar. Y el guiso se cocina con el caldo de la convicción de que España es irremisiblemente de izquierdas para que el elector de derechas se resigne a votar a un PP que de sus viejas ideas sólo conserva el monarquismo.
Estoy harto de leer a viejos santones del periodismo conservador pontificar sobre lo mucho que necesitamos un PSOE fuerte. Yo no lo creo, pero es discutible. En cualquier caso, lo urgente no es eso. Lo prioritario, al menos para el electorado de derechas, que, recuérdese bien, ha proporcionado dos mayorías absolutas a quien se presentó con un programa liberal-conservador, es tener un partido que defienda su ideología con inteligencia y realismo y la aplique cuando gobierne. Izquierdas a quien votar hay cuantas se quieran. Lo que falta es una derecha a la que poder hacerlo.

http://www.libertaddigital.com/opinion/emilio-campmany/se-busca-derecha-a-la-que-votar-71896/


jueves, 29 de mayo de 2014

Pavel Quintero / El ocaso del estado benefactor


Pavel Quintero / El ocaso del estado benefactor


28/5/14

Hoy nuestra política es reflejo del deceso del hombre fuerte. Su producto es la creación de una sociedad llena de entes indecisos que son conducidos como autómatas que  tienen como único consuelo endosarle sus culpas y fracasos a aquellos que los esclavizan.

El sentimiento de orfandad y dependencia, auspiciado por el Estado benefactor, se ha esparcido en nuestra población como un cáncer, que carcome todo intento de avance. El sentido de responsabilidad individual no existe: todo debe ser regalado, otorgado o subsidiado. Es común escuchar: “¿cuando alguien actuará?”

El hombre ha dejado de ser hombre. Ya no responde a sí mismo; es el producto de una escisión que ha separado la racionalidad, de lo instintivo. Esa ruptura le ha quitado su carácter de individuo, para convertirlo en masa, dependiendo de otros para poder ser. Tiene prohibido el autodeterminarse.

El hombre auténtico define sus propios valores. En la medida en que su propia naturaleza se expresa, su voluntad es capaz de legislar la realidad, pues esa fuerza de voluntad y vitalidad son las principales herramientas que le ayudan a construir su camino en la vida. Hoy el hombre esencial se encuentra muerto; sus valores son definidos por una sociedad de seres que no pueden aceptar y cambiar la realidad en la que viven. Necesitando de otros, dichos seres sobreviven de la caridad de quienes los usan de una forma vil y baja: – esos guiadores de rebaño que los sacrifican a sus anchas.

Nuestra sociedad ha ido sedimentándose bajo la grotesca influencia de una idea de orfandad; de la necesidad de un padre protector y benefactor, casi divino. Al político -manifestación corriente de ese ansiado “padre”- se le entrega el peso del futuro. Mas como padre, si se equivoca, no recibe castigo; su “moral” y capacidad de entendimiento se encuentran por encima de la nuestra, por ello no pide perdón. El Estado (que equivale a los gobernantes, en nuestro caso), como padre mayor, se dedica a la dádiva; como conductor, el Estado nos lleva por el camino de la perdición. Venezuela es un fiel ejemplo. Con las mentiras contadas, se crea una imagen de resignación y de abnegada entrega, donde un irrenunciable destino que el “Estado-papá” nos ha construido, se ve roto día tras día ante la fatalidad y esperanzas desvanecidas. Ese patriarca continúa limitando las libertades individuales, justificando que la invasión a nuestro espacio es necesaria, y tomando decisiones que son correctas; pues -se dice- no somos capaces de construir nuestro propio futuro.

Por ello, hoy,  los jóvenes clamamos por una vida hecha por y para el hombre: una vida en la que el Estado no determine nuestro devenir. Una vida en la que, a través de nuestro libre transitar y con nuestras propias manos, podamos crear el futuro que nos merecemos; una Venezuela futura digna de grandes hombres. ¡Que seamos Padres de nosotros mismos, de nuestro propio andar, de nuestra vida y de nuestra propia esencia! – Hombres responsables de su libertad; veladores de su futuro.

 @PZakh
de @VFutura

http://www.venezuelavetada.com/2014/05/el-ocaso-del-estado-benefactor-pavel.html

martes, 20 de mayo de 2014

Test Político. Descubre tus Tendencias Políticas. ¡Te ayuda a ubicar tu ideología política!


Este test político le permite localizar su ideología en el Diagrama de Nolan.
Diagrama de Nolan
                                



lunes, 19 de mayo de 2014

Juan Ramón Rallo - Los suizos no necesitan un salario mínimo - Libre Mercado

Juan Ramón Rallo - Los suizos no necesitan un salario mínimo - Libre Mercado

Las Guerras de la Intolerancia - DR. KIM R. HOLMES

DR. KIM R. HOLMES 

Las Guerras de la Intolerancia

Olvídese de los Juegos del Hambre. Dé la bienvenida a las Guerras de la Intolerancia.
Parece que todos los días en Estados Unidos alguien trata de silenciar a otra persona en nombre de una causa mayor. La dimisión obligada de Brendan Eich como director ejecutivo del popular navegador de internet Mozilla Firefox es sólo la punta del iceberg.
De hecho, esto va más allá del habitual ojo por ojo de las guerras culturales. Estamos siendo testigos nada menos que de un cambio de primer orden en la cultura política de Estados Unidos. Los oponentes ideológicos ya no sólo están equivocados; no tienen derecho a ser oídos. Las personas que discrepan de uno no sólo están equivocadas; no tienen derecho a ganarse la vida. Y en casos extremos merecen la cárcel.
Esto es mucho peor que la intolerancia. Le da la vuelta al progresismo americano para convertirlo en todo lo contrario: el antiliberalismo.
El antiliberalismo tiene una larga historia, durante la que ha infectado tanto a la derecha como a la izquierda, desde el Ku Klux Klan hasta el SDS. Pero a día de hoy está tomando el poder de un movimiento que en su momento afirmaba ser su enemigo acérrimo: el progresismo americano. Puede que la gente que se denomina progresista piense que es moderada, de mentalidad abierta, pero algunos de ellos defienden cada vez más el uso de métodos coercitivos, ya sea mediante el poder del Estado o el escarnio público, con el fin de cerrar el debate y privar a ciertas personas de sus derechos constitucionales.
Véase por ejemplo la cultura popular. En la Academia, los medios de comunicación y Hollywood, ahora es aceptable (incluso estupendo)reprimir el disenso. Los códigos de expresión, las "advertencias de contenido ofensivo" y hasta las maniobras para impedir que la exsecretaria de Estado Condoleezza Rice hable en un campus universitario son casos por todos conocidos. Pero cuando los medios de comunicación tratan con seriedad la sugerencia del actor Sean Penn de que el senador republicano por Texas Ted Cruz sea internado en una institución mental, todas las señales de alarma deberían saltar. Las una vez veneradas ideas progresistas de libertad de expresión, pluralismo y apertura han quedado totalmente desechadas.
En el Estado también está sucediendo. El Gobierno federal ha sido acusado de investigar a sus oponentes políticos y de utilizar sus poderes judiciales para acosar a la prensa. La Administración Obama rehúsa de manera rutinaria hacer cumplir las leyes con las que no está de acuerdo y pone en marcha, mediante órdenes ejecutivas, normativas que fueron explícitamente rechazadas por el Congreso. Los tribunales rechazan leyes y referéndums basados, en el mejor de los casos, en interpretaciones selectivas de la Constitución. Aparentemente, el venerable sistema de equilibrio de poderes de Estados Unidos, otrora salvaguardia de su generoso orden democrático, está considerado ahora como un obstáculo para ciertas agendas políticas más que un protector de la libertad. Y lo que es peor, parece que algunas personas son más iguales que otras ante la ley.
¿Por qué está sucediendo esto? El auge del antiliberalismo en Estados Unidos representa el triunfo de un progresismo contracultural que se propuso hace décadas derrocar al progresismo tradicional.
A menudo se asume que los progresistas de hoy en día son los herederos del progresismo americano. En realidad, son los hijos e hijas de la nueva izquierda de los años 60, que se dispuso a transformar el progresismo americano. Hillary Rodham Clinton y John F. Kerry tienen mucho más en común con Betty Friedan y Tom Hayden que con Woodrow Wilson u Oliver Wendell Holmes.
El progresismo siempre creyó en el Gobierno omnipresente, pero hasta los años 60 tuvo un respeto permanente por la idea de Holmes de la libertad de expresión y por la veneración de Thomas Jefferson (y de John Stuart Mill) de la conciencia individual. Ya no. Quienes están ahora en el poder ven el disenso como algo sucio, un mero escudo tras el cual supuestamente acechan los intolerantes y quienes viven dominados por el odio.
La tentación antiliberal ha sido durante mucho tiempo parte de la tradición progresista occidental. Desde la Revolución Francesa en adelante, la idea de crear una igualdad absoluta mediante la coacción ha contado con seguidores. Pero en Estados Unidos ese impulso estaba atemperado por el respeto de Holmes hacia la libertad de expresión y la creencia de Jefferson en la santidad de la conciencia individual.
Ese respeto y esa creencia eran la causa mayor del progresismo americano, no la de una agenda política que asume que la historia se acaba cuando los oponentes son silenciados o encarcelados.

©2014 Libertad.org
* Traducido por Miryam Lindberg



El gran debate -CAMINO DE SERVIDUMBRE(F.Hayek) por Carlos Alberto Montaner

Hace exactamente 70 años el economista austriaco Friedrich Hayekpublicó Camino de servidumbre. El libro, best seller en su tiempo, conserva (casi) toda su vigencia en esta América Latina nuestra que no aprende de sus errores ni olvida sus peores comportamientos.
Tres décadas después de publicar su obra más conocida, la Academia sueca otorgó a Hayek el Premio Nobel de Economía en 1974.
¿Qué dijo Hayek en su famoso libro? Algo muy importante: que la planificación centralizada por el Estado va en contra de las libertades y del progreso. Nos empobrece espiritual y materialmente.
¿Por qué? En esencia, aunque no lo explicó Hayek de esa manera, porque la libertad es el ejercicio pleno de la facultad que tenemos detomar decisiones y construir con ellas nuestras vidas de acuerdo con nuestros valores, intereses y querencias.
Cuando el Estado decide por nosotros, lo que supuestamente nos conviene, además de empobrecernos, nos genera un profundo malestar. Ese tipo de Estado deja de ser un conjunto de instituciones a nuestro servicio y bajo nuestras órdenes, y pasa a convertirse en nuestro amo y señor. Nos somete a la más vil servidumbre.
Sucedió en Cuba, como ha ocurrido siempre en los Estados totalitarios, cuando el Gobierno estableció los libros que debíamos leer y los que debían ser destruidos. Cuando unos revolucionarios iluminados decidieron las verdades que ya habían sido establecidas y hasta el modo en que nos debíamos ganar la vida.
Incluso escogieron las personas a las que debíamos querer o detestar, como ocurrió cuando se dio la orden de interrumpir los lazos con los "gusanos" que habían abandonado el país, y se rompieron parejas, y padres, hijos y hermanos dejaron de hablarse. O cuando se persiguió a los homosexuales porque el Estado, cruelmente, había hecho metástasis a la zona afectiva y había decidido controlar las emociones de las personas para hacerlas felices y obligatoriamente normales mediante la reeducación, que se lograba maltratándolas en los campos de caña.
Al margen de lo que Hayek escribió en Camino de servidumbre, hay un elemento esencial que mantiene la vigencia de la obra siete décadas después de haberse publicado. Del texto se desprende el rol que debe desempeñar el Estado en su relación con la sociedad y, sobre todo, el que no debe jugar porque todos acabamos perjudicados.
No es verdad que el Estado, una entelequia manejada por personas, como todas, que tienen sus intereses, preferencias y clientelas políticas, es capaz de definir el bien común y actuar eficientementey con sentido de la justicia. Lo demostró otro Premio Nobel de Economía de la misma cuerda de Hayek, James M. Buchanan, con sus estudios sobre la elección pública.
No es verdad que el Estado debe elegir ganadores y perdedores o asumir la función de repartidor de bienes para igualar los resultados del trabajo. Suele hacerlo mal, distorsiona y reduce el proceso de creación de riquezas y demoniza los logros económicos como si fueran actos vergonzosos.
Entre las decisiones sesgadas de los funcionarios convertidos en comisarios, supuestamente transformados en píos agentes de una improbable justicia social, y el mercado, conformado por las decisiones libres de millones de personas, el mejor resultado, el que suele conducir al desarrollo y eleva el nivel de vida de toda la sociedad, es el que se deriva del mercado, que es, sin duda, una expresión de la libertad.
Al principio de esta nota subrayé que Camino de servidumbreconserva casi toda su vigencia. ¿En qué falla? Tal vez en suponer que el socialismo conduce inevitablemente al totalitarismo. No siempre es cierto. Los socialistas inteligentes aprenden de la experiencia y pueden rectificar.
Lo hicieron los suecos ante la crisis económica de los años noventa, provocada por los excesos del Estado de Bienestar. Termino con un párrafo de Mauricio Rojas, un chileno del socialismo carnívoro que llegó a Suecia exiliado tras el golpe de Pinochet, allí adquirió un doctorado en Economía, evolucionó intelectual y emocionalmente y llegó a ser miembro del Parlamento sueco representando al partido de los liberales.
Dice Rojas, hoy de regreso en Chile, muy preocupado por las medidas que está tomando la señora Bachelet:
Sería muy lamentable emprender un camino, el del gran Estado-patrón, que otros han tenido que desandar. Se puede construir un Estado del Bienestar distinto, que una la fuerza creativa de la competencia, la diversidad y el capitalismo con un profundo compromiso solidario, pero para ello no hay que dejarse llevar por las consignas de quienes creen tener la razón por el simple hecho de gritar más alto.

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