lunes, 20 de mayo de 2013

Chávez: El mito más efímero de la historia - Manuel Malaver


Opinión
Manuel Malaver
La Razón / ND


Chávez: El mito más efímero de la historia

A dos meses y 13 días de desaparecer Chávez de este mundo y ser enterrado en un supuesto olor de santidad popular y con las exequias que se deben a un héroe que despierta “cada cien años cuando despierta el pueblo”, pues nadie lo ha visto cabalgando en un caballo blanco y arengando a los humildes a su liberación definitiva, tampoco emergiendo como una sombra que pasa para dar fe de la consigna de que “Chávez vive”, y mucho menos generando un milagro como la multiplicación de los peces y lo panes que, en la Venezuela que dejó en ruinas, sería hacer reaparecer la harina pan, la carne, el arroz, la leche, los plátanos, los quesos, el papel toalet, el aceite, las pastas (la de comer y la dental), las toallas sanitarias, y el resto de los artículos que comprenden la llamada cesta básica de los venezolanos.

No, según todos los testimonios, el comandante-presidente descansa perfectamente en paz, sin visitantes intrusos ni funcionarios indeseables, en la soledad de un mausoleo que se hizo en previsión de las multitudes que jamás dejarían de visitarlo y vitorearlo, pero que, afortunadamente para sus restos mortales, lo han olvidado, permitiéndole exhalar, en fin, el sosiego que la cristiandad reserva a los creyentes que, idos de este mundo, merecen despertar en el otro.

De modo que, silencio absoluto y sin cortes en las mañanas, en los mediodías, en las tardes, en las noches, en las mediasnoches, en las madrugadas en el “Cuartel de la Montaña”, apenas interrumpido por las alertas de los soldados que cambian de guardia y el rugir de las infaltables motos de alta cilindrada que, a cualquier hora, son la única señal de que allá lejos, donde dicen que hay un difunto y un mausoleo, yace enterrado un mito.

Uno cuyo autor y factor creó a consciencia, quizá desde que tuvo uso de razón, y fue tallando, armando, urdiendo, haciendo destellar en cada uno de los sucesos de su cronicidad, para decir un día, en la plenitud y a todo pulmón: “Aquí estoy yo para que me tengan durante decenas de años como Rey-Sacerdote, y luego, cuando ya no esté entre ustedes, me recuerden por los siglos de los siglos y de los siglos, amén”.

De ahí que para él, la política fuera también la construcción de una iglesia y de unos feligreses y no importaba de las ideologías con que se le barnizara, si contribuían al poder vitalicio del caudillo y cacique, y luego a una religión que lo tuviera como el centro de sus devociones y adoraciones.

“Plan Maestro” al que se prestaron idealmente su reconversión de golpista en demócrata que le dio acceso a una conquista sin traumas del poder, y después de elecciones tras elecciones cada vez más confusas, tumultuarias y fraudulentas, a un uso desmesurado de los medios masivos de comunicación, y en particular de la televisión y la radio, que replicando al “Big Brother” de “1984” de Orwell, convirtieron a los súbditos de la tiranía chavista en los más aturdidos, acosados y vigilados de la historia.

Porque, a cualquiera hora aparecía, con su vozarrón y gestualidad excesivas, en sus cadenas audiovisuales que podían durar hasta 8 horas, intentando reeducar al país con sus propias versiones de la historia nacional, continental y mundial, interpretadas para que calzaran con las profecías de este profeta que, además, se propuso traspasar las fronteras patrias y hablar desde las tribunas desde donde hablaron Miranda, Bolívar y San Martín.

El milagro no vino, sin embargo, sino con el alza de los precios del petróleo que se desencadenó a partir del 2004, y duró hasta el 2009, elevándolos de 20, a 128 dólares el barril, permitiéndole a Chávez disponer de una riqueza producida con poco esfuerzo, y casi como una renta de la tierra, que lo transfiguró en el jefe de Estado más rico de la región y que, lógicamente, usó para la extensión y profundidad del mito a nivel continental y mundial.

En Venezuela los petrodólares también tuvieron efectos devastadores, pues dieron lugar a la instrumentación de una maquinaria clientelar populista, que, a través de las llamadas políticas sociales o socialistas, llevó a las masas de desposeídos beneficios que se intercambiaban por votos.

Para “contarlos” Chávez creó una maquinaría electoral fraudulenta, el CNE, constituido por una mayoría de agentes chavistas, que organizado con todos los recursos de la tecnología de punta, convirtió a Chávez en el dictador con la mayor cantidad elecciones y votos elegido en toda la historia.

Y nació así el “mito Chávez”, el caudillo que por haber venido a la tierra a aliviar a los que tenían hambre y sed de justicia, a liberar a los pobres de Venezuela y del mundo, a llevarles comida, techo, salud, educación y amor, se sembraba en el corazón de los de abajo con la misma fuerza de las raíces de los robles, de las ceibas y los samanes.

Y lo decían, no solo Chávez, y sus seguidores, sino también campanudos politólogos, sociólogos, antropólogos, e historiadores opositores del país y del exterior, todos asombrados y amilanados con este “profeta armado” de petrodólares que, “por la magia del carisma”, había llegado al corazón de los pobres para quedarse.

“Hay una conexión afectiva, amorosa y religiosa con Chávez” repetían una y otra vez “y cambiar las tendencias políticas en el país, es desatar el nudo sentimental que existe entre el pueblo y Chávez”.

“Lo que pasó el 7 de octubre” declaró y escribió el Secretario General, de AD, Henry Ramos, al comentar las elecciones fraudulentas del año pasado que presuntamente ganó Chávez con una ventaja de millón y medio de votos “es que Chávez nos quitó el pueblo y si no hacemos el esfuerzo de recuperarlo, siempre nos estará derrotando”.

Mientras tanto, los pobres de Venezuela, y la de los países que cayeron en la órbita chavista, se empobrecían más que nunca, eran reducidos a lo que hoy puede llamarse una “esclavitud electoral”, en cuanto que, las pocas ventajas que recibían del Estado se mantenían, solo si votaban por el Rey-Sacerdote y participaban en sus glorificaciones y adoraciones, y si no, se incluían en listas siniestras que los trasformaban en parías políticos y sociales.

Era la emergencia o aparición en la historia de lo que se llamó con toda razón el “socialismo petrolero”, o “telesocialismo”, o “socialismo electoral”, nutrientes con los que se quiso vender la idea de que resucitaba la utopía marxista, stalinista y castrista, que llegaba para quedarse y a destruir al capitalismo, el imperialismo, la democracia y los Estados Unidos, porque el mismo sistema capitalista, suministraba los bienes que jamás produciría el socialismo y así contribuía a su destrucción.

Paradigma que fracasaría por la escandalosa improductividad del socialismo, que ni aún con el problema de la acumulación de capital resuelta, jamás pudo enfrentar, exitosamente, los retos que significan motivar a una sociedad donde solo se trabaja para que la férrea y brutal dictadura de los autócratas se mantengan.

Para colmo, un día de julio del 2009 se desplomaron los precios del petróleo, y otro de junio del 2011, al “mítico” comandante-presidente, Chávez, se le diagnóstico un cáncer de pelvis en La Habana, circunstancia que aprovechó el gobierno cubano para convertirlo en su rehén, engañarlo con recuperaciones que nunca llegaron, y al fin, permitirle irse de este mundo, pero no sin antes asegurarse que el sucesor fuera el canciller y vicepresidente, Nicolás Maduro, el funcionario más proclive a defender en Venezuela los intereses de los dictadores isleños, Fidel y Raúl Castro.

Todo reforzado con el emplazamiento de un teatro entre sentimental y ceremonial para las exequias, uno donde millones de personas (que no eran sino apenas 700 mil), expresaran su adiós al comandante-presidente hacia la eternidad nacional que pasaría a considerarlo un injerto de superhéroe que clonaba al Libertador Simón Bolívar y al Beato José Gregorio Hernández.

Hoy, a 2 meses y 13 días de su ausencia, Chávez es un “mito” en proceso acelerado de olvido, sin otra pretensión que ser ubicado como un hecho anormal en el caos de los acontecimientos, sin el poder post morten de Lenin, Perón o el Che, y más vienen asumido como un político audaz y sortario que, aparte de contar con el uso desmesurado de las tecnologías de la comunicación, coincidió con un ciclo alcista de los precios del crudo que lo transfiguró en el jefe de uno de los estados más ricos del planeta.

Un mito efímero, en definitiva… de apenas unos días.

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